“El director del FBI tapa la cámara de su computadora con una cinta adhesiva”. El título de la noticia en la página de la BBC lo sorprendió. No era la primera vez que oía hablar de la vulnerabilidad informática y el espionaje, pero que el mismísimo director del FBI tuviera que tapar la camarita le pareció un exceso a todas luces. Así que decidió llamar a Mónica, su prima, una experta en seguridad informática a ver si se podía tranquilizar un poco.
— Escuchame nena, estamos regalados, se nos terminó la privacidad. Yo ya tapé la camarita con cinta también, no vaya a ser que me anden mirando la cara que pongo cuando entro a mirar todos en Instagram.—
— No, Gonza, tranquilizate, mirá que no es tan así como dicen, en realidad no creo que a vos te vayan a andar espiando, como si tuvieras algo interesante que sacarte.—
— Mirá, no sé, yo por las dudas no pongo la tarjeta de crédito ni de débito en ningún lado y estoy pensando en solamente usar el teléfono fijo para hablar.—
— No, pero mirá que no pasa nada.—
— No pasa nada no, pasa sí, si el otro día me dijeron que el Facebook y el Instagram escuchan lo que vos conversas cerca del teléfono con otra gente, para conocer las cosas que te gustan y poder venderte más. ¡Es una persecución!—
Contemplando el grado de paranoia que su amigo parecía estar alcanzando a Mónica le propuso llevar las cosas al un nivel superior.
— Gonza, ¿te acordás de Julio? Mañana vamos a ir a verlo. Te paso a buscar a las 5 y media, pedite el día libre que nos vamos al campo.—
— ¿De la mañana?—
— Si, claro, por supuesto. Traé mate y compramos bizcochos a la salida, pero eso sí, no traigas el celular, ni la computadora ni ningún artefacto electrónico.—
Gonzalo conocía muy bien el auto de Mónica, un modelo 2014 con todo lo que tiene que tener en comodidades y seguridad para irse de paseo al campo, por eso no comprendía por qué estaban haciendo el viaje en la modesta Brasilia del 78 de su madre.
— Ahora cuando tomemos el camino vecinal y salgamos del alcance de la tecnología te lo explico— le dijo, develando la incógnita, por lo que no fue necesario volver sobre el tema.
Gonzalo no tenía idea de donde se encontraban. Una vieja escuela del plan gallinal reconvertida en el Hostel Los Brujos fue el destino del viaje. Desde la penumbra, por encima del reverso de un libro abierto asomaron los enormes lentes de Julio.
— Mónica, ¿revisaste que tu acompañante esté limpio?—
— Si, Julio, sabés bien de bien que siempre me cercioro de todos los detalles. Él es Gonzalo y está preocupado porque piensa que su celular lo está espiando.—
— Ah, así que piensa que su celujajajajajaJAJAJAJAJA!!! Ahhhh. Si, es cierto.—
— ¡Lo sabía, estaba seguro!—
— Bueno, no se emocione tanto, que lo que yo estoy tratando de hacer es probarlo.—
— ¿Cómo?—
— Ahora vamos a ir hasta un cobertizo, jajaja, mentira, es un galponcito, pero me encanta como suena “cobertizo”… Es como de los western. En fin. Vamos a ir y ustedes me tienen que seguir el diálogo. Seremos un grupo de guerrilleros que planeamos un ataque a un objetivo militar extranjero en la capital, y estamos negociando con fuerzas radicales la compra de armamento. En el cobertizo (le hace una guiñada a Gonzalo) habrá tres celulares, uno encendido, otro apagado y el tercero además sin su batería. Nuestro contacto se llama Antonio Alejo Zubizareta, no pero es más que un personaje ficticio.—
Durante las siguientes tres horas estuvieron en el húmedo y oscuro galpón planificando la forma de hacer volar por los aires una embajada en Montevideo, especulando sobre los costos del operativo y reclamando el asesoramiento de Antonio Alejo Zubizareta. La noche encontró a Gonza y Mónica en aquellos apartados parajes, a la tenue luz de la luna y no se precisó nada más, la tensión entre ambos llegó al punto que tantas veces habían postergado.
— Me siento culpable, Gonza, pero es que no sabía como hacer para traerte, y la excusa de la paranoia tuya me vino bien. Te tenía muchas ganas, hace tiempo.—
— Y yo te lo agradezco, nunca me hubiese animado a dar el primer paso, te confieso.—
Pasaron la noche en una de las habitaciones del Hostel, abrazados, alumbrados por la luz de la estufa, que se fue consumiendo de a poco, a diferencia del calor.
Aplazaron el momento de despertarse todo lo que pudieron, en realidad iban a seguir, pero los sobresaltó el llamado de Julio.
— ¡Vengan ya, pero ya mismo! En el mostrador lo tengo a Zubizarreta. Nuestro contacto ficticio.
Un señor semicalvo, canoso, de unos 60 y algo, con rostro de preocupación nos esperaba.—
— Ahora sí, Antonio, termine de contar…—
— Buenos días. Soy Antonio Alejo Zubizarreta, y como le decía a Julio, en los últimos meses Facebook y Booking no han parado de recomendarme venir a este sitio, e incluso lo han hecho con generosos beneficios, así que salí en la antevíspera desde Madrid, ayer llegué a Montevideo y heme aquí…—
Los tres se miraron con asombro, por fin estaba sobre la mesa la prueba que necesitaban sobre el espionaje, pero nada pudieron hacer, porque esas fueron sus últimas miradas antes de la explosión del misil.
jueves, 2 de agosto de 2018
lunes, 23 de julio de 2018
Focus group (inteligencia colectiva)
Los
once que ocupábamos asientos alrededor de la larga mesa teníamos
aproximadamente de la misma edad, pero evidentemente de distintas
procedencias sociales y económicas. No se nos permitió
identificarnos con nuestro verdadero nombre, en su lugar se nos
adjudicó un alias temporal que lucíamos en un sticker rosado que
colocamos -supongo que por algún impulso instintivo- del lado del
corazón.
Llevábamos
ya más de 10 minutos mirándonos las caras, uno de los tipos, uno
con cara de Roberto, ubicado a tres o cuatro lugares de mi asiento,
estudiaba minuciosamente cada una de las caras, como pretendiendo
encontrar a un espía, o quizás solamente adivinar el nombre
verdadero de los demás, como hacía yo. Nos quedamos mirando
mutuamente escudriñando en las comisuras de los labios, en los
rabillos de los ojos, en el arco de las cejas, en los pliegues de la
cara. Roberto, definitivamente se tienen que llamar Roberto. U
Octavio, que es como un Roberto pero con pretendida altivez
histórica. Pasados los 10 siguientes minutos ingresó alguien a la
sala, que interrumpió aquel extraño ritual que practicábamos con
Roberto, que ya había sido advertido con cierta preocupación por el
resto de los presentes. La señora de largos cabellos castaños,
lacios, con reflejos violetas pretendía que yo prestara atención
más a sus palabras que a sus enormes ojos negros y a sus carminados
labios. Solo lo logró cuando de dentro de su cartera extrajo una
mandarina, bah, una tanjerina, como le decíamos en el parque Colón,
cuando las devorábamos por kilos con mi abuelo mientras veíamos
algún partido del querido Club Nacional.
Esta
era una tanjerina rara. La señor explicaba que se trataba de una
nueva variedad en la cual la empresa -que no quiso nombrar- había
puesto muchas expectativas en que se convirtiera en el producto
estrella de su líneas de cítricos. Por eso había contratado a la
agencia de publicidad y diseño para que los ayudara a crear una
campaña de marketing para posicionar su producto.
Nos
dio una tanjerina a cada uno y durante la siguiente hora estuvimos
filosofando sobre esa fruta: vimos un video con sus propiedades
nutricionales, de la excelente relación costo/beneficios en aportes
energéticos, en unidades de sabor (desconocía que se pudiera medir
el sabor) y en practividad. Nos mostraron la zona donde se producía,
bastante más cerca de Montevideo que la zona cítrica tradicional
del litoral, por lo que también se vería beneficiado el consumidor
con una fruta más fresca y un menor precio, por la incidencia
relativa del flete en el valor final.
Cuando
parecía que la mujer ya había redondeado el concepto lo suficiente
y que ya nos podríamos retirar después de una clase de botánica y
de nutrición, aquellos labios rojos dejaron escapar el propósito de
nuestra presencia allí. Ingresaron a la sala dos muchachas
uniformadas como promotoras de la empresa y nos distribuyeron uno por
uno lo que la de los ojos negros presentó como “la evolución de
la tanjerina”: en una triste bandeja de polipropileno envueltas con
papel film se encontraba apretadas dos mandarinas peladas y
despellejadas.
Lo
miré a Roberto y tenía la misma cara mezcla de sorpresa con
indignación que tenía yo mismo. Y los demás andaban en el mismo
trillo.
Ahí
la mujer comenzó a enumerar las ventajas comparativas entre una
tanjerina y la otra, sobre todo pensando en el consumidor final como
un oficinista o administrativo del centro de una ciudad, que se vería
afectado por el olor que produce pelar una tanjerina en horario de
trabajo.
Siguió
destacando las “ventajas” de esa forma de empaque y una tras
otras se las íbamos rebatiendo en una defensa colectiva de las
tanjerinas en su formato tradicional. De nada le valió echar mano a
que en Estados Unidos las prefieren así, sin cáscaras y sin
semillas, que era la otra gran virtud del producto. Aquella sala se
estaba volviendo el útero de la revolución contra el maltrato hacia
los cítricos, les protestábamos, los condenábamos por su intención
antinatural, hasta que de pronto sonó un timbrazo y lo siguió un
profundo silencio, que vino a romper la mujer del cabello castaño y
reflejos violeta.
-
Señores, está cumplido su papel aquí, no resta más que
agradecerles su presencia e invitarlos a que en la sala contigua
reciban su voucher por las dos noches de hotel en Colonia del
Sacramento. Muchas gracias.
Cuando
nos dirigíamos a la puerta pude sacar mi duda.
—
Es usted Roberto, ¿no es así?
—
Efectivamente, Carlos, ¿cómo lo supo?
viernes, 8 de junio de 2018
En medio del silencio
Saltaron el alambrado y corrieron hacia el monte. Conocían la zona
porque varias veces habían estado en la costa de la laguna e incluso
un poco más allá, en las barrancas del río, pescando. Casi no
necesitaban de la blanca luz de la luna que les tendía una alfombra
por la cual seguir corriendo.
Sabían que más adelante estaba la casa del ladrillero que tiene
perros grandes, pero que además tiene empleados que se quedan en el
galpón y que suelen salir a mojar anzuelos en las cálidas noches de
diciembre.
Los primeros ladridos los hicieron replantearse el rumbo y era casi
obligatorio quedarse allí, al borde del monte, lejos del agua, a
esperar que aclare y después se vera. Las tres siluetas, menudas,
ligeras, se acuestan bajo un pitanguero.
Allí tendido, arrancaban algunas frutas para saciar el hambre. Es
que todo salió mal. No les dio tiempo de comer, porque ni siquiera
lo pensaron mucho y porque no tenían plata.
Recostado sobre el buzo todavía recordaba la cara de aquel hombre
reaccionando con sorpresa cuando lo encañonaron.
Lo conocían. El “Milico” como le decían en el barrio era un
retirado que hacía changas para complementar la magra jubilación,
casi siempre trabajaba informalmente de albañil, pero últimamente
-obligado- había empezado en el taxi, cubriendo los libres de los
choferes titulares y sobre todo en las noches, porque no tenía más
que la libreta común. Era un trabajo que no daba mucha plata, pero
que lo entretenía y además en aquel pueblo era tranquilo, porque
era muy raro escuchar que a algún taxista le robaran algo y sobre
todo porque casi todo quedaba cerca y muy poca gente usaba el taxi.
Pasaron frente a la parada, lo vieron hablando por teléfono y
siguieron. Ahí fue que se les ocurrió que podían conseguirse con
facilidad algunos pesos para comprar algo de vino. Como andaba con
ellos el Carlos, que ya tenía 19 no les iban a hacer drama para
venderles, pero había que conseguir con qué.
La segunda vez que pasaron el conductor los vio y los saludó,
respondieron, pero igual siguieron caminando por la principal. En la
tercera pasada se arrimaron a la ventanilla.
-Milico, ¿no nos llevas hasta las casas?-
La puerta de atrás del pequeño auto se abrió. Dos fueron atrás y
el Carlos, el más grande, se ubicó en el asiento del acompañante.
Las órdenes vinieron desde el asiento a su espalda.
-Primero lo dejamos al Gato en el barrio de la laguna, pasando la
cancha de Huracán. El Carlos y yo vamos para la Ancá.-
El viaje fue lento, no había apuro. Nadie hablaba nada. Hicieron el
paso a nivel, pasaron frente a la cancha y siguieron por el camino de
las tropas.
-Ustedes me avisan, gurises- requirió el conductor como avisando que
estaban en el lugar que se le había indicado.
-¡Pará el auto y bajate! Le gritó el Chiquito, el que se había
sentado atrás y que le daba órdenes, haciéndole sentir con un
golpecito en la cabeza que corría peligro si no hacía caso.
Los otros dos lo miraron con cara de sorpresa, pero quedaron mudos.
-Qué estás haciendo, estás loco, no te regalés-
-¡Que te bajes del auto o te mato!-
El chofer intentó acercar su mano a la cartera donde tenía la
recaudación. Eran 240 pesos. El movimiento, que interpretó como un
intento de buscar un arma, asustó al Chiquito que apretó el
gatillo.
El tiro resonó en la tranquila noche de la laguna, algunas aves
volaron, algún perro ladró a la distancia, pero nada más. No era
raro que hubiera gente cazando en las noches por allí.
Se despertaron ya con el sol golpeándoles las caras y la camioneta
blanca a la distancia les decía que la locura había terminado. Sin
embargo era recién el comienzo.
sábado, 26 de mayo de 2018
La historia en una guitarra
“ADQUIERE COLECCIONISTA RIOJANO HISTÓRICA GUITARRA DE OLAZÁBAL”
El título en la página del matutino de la capital La Rioja llamó
la atención de Adhemar Bengoechea, rematador y coleccionista de la
pequeña ciudad entrerriana de Federal.
- Estela, mirá la foto, estoy seguro, más que seguro que hace pocos
días vendí una guitarra igualita a esta, sin la cinta roja ni la
firma de Octavio Olazábal, pero idéntica.-
- Ajá-
- En serio, te lo juro, yo no te puedo creer que haya vendido la
guitarra de Olazábal, que la tuve como un mes y medio en el remate y
no me di cuenta. Pensé que era una guitarra cualquiera, si me la
trajo el “Ruso” Perdomo, estaba toda desvencijada y se fue en 150
pesos.
- Ajá-
- Pero no te das cuenta, acá dice que la acaba de comprar un tipo en
La Rioja a 50.000 dólares.
Bengoechea se fue a la biblioteca a buscar en los diarios de los años
50 y 60 fotos de las veces cuando el aún joven Olazábal llegó a la
ciudad para la primeras ediciones del viejo Festival del Chamamé.
Por supuesto que los documentos estaban muy borrosos y no permitían
apreciar con mucho detalle la guitarra, lo único que se distinguía
era la cinta de tono oscuro, probablemente punzó.
Bengoechea rastreó y encontró al coleccionista riojano. Cuando se
comunicó al teléfono se sorprendió.
-Si, soy yo. No me diga nada, a usted también lo embaucaron…-
- No, no, ¿por qué lo dice?
- Es que desde que salió ese artículo en el diario ya van 8
personas que se comunican conmigo. A cada una de ellas les vendieron
la misma histórica guitarra de Olazábal.
- No puede ser, pero usted la tiene, yo ví la foto.
- Todos tenemos una guitarra. Yo hice certificar la firma de Olazábal
por un perito antes de hacer el giro. La rúbrica es auténtica. Las
9 lo son.
- ¿Quién se la vendió? ¿Cómo era?
- A decir verdad no tengo idea, hicimos el negocio por whatsapp,
desde un número de teléfono que no da tono de llamada. La guitarra
me llegó por correo postal y en la agencia de Buenos Aires donde se
mandó no recuerdan la cara de quien hizo el envío, con un nombre
falso, según la Policía.
En los días siguientes continuaron apareciendo nuevas guitarras
históricas de Olazábal: en Salta, en el Chaco, en Jujuy, en San
Luis, en Mendoza, en Santa Cruz, en Paraná, en Rosario. Ya había
una en cada provincia, excepto Misiones y Tierra del Fuego.
A Bengoechea se le ocurrió que quizás si el colega riojano fuera a
una de las provincias que faltaban y él a la otra, pudieran poner
al descubierto a quien está detrás de la maniobra, pero el otro
decidió que ya no perdería más dinero en el asunto, así que
siguió solo. Durante los dos meses siguientes no aparecieron nuevas
guitarras. A pesar que en un principio el asunto no le había
despertado el más mínimo interés, fue la propia esposa de
Begoechea quien le sugirió una forma de llegar hasta el timador.
- ¿Y por qué no hablás con el mismo Olazábal?
- ¿Cómo? ¿Ese hombre está vivo?
- Claro que si, tiene como 90 años, vive en Mburucuyá, Corrientes,
son como 450 kilómetros de acá.
- ¿Y vos cómo sabés todo eso?
- Porque hace poco tiempo lo entrevistaron en Argentinísima
satelital.
- Por lo menos es más cerca que Tierra del Fuego- suspiró
La vivienda de Olazábal era poco más que una choza. El anciano
folclorista, que recibió al visitante ofreciéndole un mate, luego
de escuchar con atención el relato de Bengoechea el músico recordó
la visita de aquel hombre con acento uruguayo, que se mostró tan
interesado y que al despedirse le pidió que le autografiara algunas
guitarras para regalar entre sus familiares.
Conversaron durante largas horas sobre la cultura latinoamericana, la
pérdida de valores en la sociedad, la necesidad de volver a la
raíces, de qué hubiera sido de aquella tierra si hubiese triunfado
el modelo artiguista y lo nefasto del centralismo porteño.
Antes de retirarse Bengoechea recibió de manos de un conmovido
Olazábal la auténtica antigua guitarra histórica que paseó por el
continente de festival en festival, con su rúbrica y el
característico lazo color rojo punzó.
jueves, 17 de mayo de 2018
La comunidad del churro
El tedio se transmitía a las moléculas de la fritura. La masa
crepitaba con desdén en el infierno de aceite en el que se zambullía al
impulso de la manivela que Horacio giraba con el ademán mecánico de
siempre, pero más lento. Había sido una tarde demasiado tranquila a
pesar que el clima otoñal convidaba a dar una vuelta por la plaza y
comprarse unos churros y acompañar el mate. Apenas había alcanzado
a vender un par de docenas, que no cubrían la cuota diaria, y se
disponía a empezar a apagar, cuando llegó una clienta.
La mujer pidió dos churros rellenos con dulce de leche, entregó un
billete grande para realizar el pago y se fue sin esperar su vuelto.
Horacio dio un pique y la alcanzó, pensando que tal vez había sido
un momento de distracción.
— No, no, está bien así —
— Pero mire que me dio mil pesos —
— Fíjese bien y va a ver que así está muy bien —
El churrero volvió la vista hacia el papel moneda y en el reverso
encontró una inscripción: “véame a las 19:00 en el baldío de
avda. Brasil y Monterroso”. Cuando intentó preguntarle de qué
se trataba ya no la encontró, se la había tragado la tierra.
Hasta el último momento pensó en no ir, pero la curiosidad que le
generó aquella situación terminó pesando más.
Una silueta que se acercaba por la vereda lo invitó con un gesto a
entrar en el terreno, en cuyo suelo se desparramaban escombros,
bolsas de basura, envoltorios multicolores de las más variadas
golosinas y una increíble diversidad de yuyos y malezas. Siguieron
hasta una puerta al fondo. La mujer goleó siete veces en una
secuencia muy recordable, una mirilla se abrió y luego la puerta.
En el interior se le descubrió un salón casi de lujo, con numerosas
sillas ordenadas alrededor de una alfombra escarlata con un círculo
en su centro.
Cruzaron la sala y llegaron hasta una oficina en la que una persona
esperaba sentada en una silla giratoria.
— Horacio, bienvenido —
— Gracias, ¿pero qué es este lugar? —
— Es la casa de tus colegas —
— ¿Ustedes venden churros? —
— Efectivamente. Somos una organización que nuclea vendedores de
churros. —
— ¿Como un sindicato? —
— ¿A usted le parece esta una sede sindical? En realidad hacemos
un poco más que eso. —
— Como una secta o algo así… —
— Algunos nos dicen así, otros nos dicen logia, sociedad secreta,
nosotros preferimos decir que somos gente que se conoce y se ayuda
entre sí. —
— ¿Como un club de churreros…? —
— Si le resulta cómodo puede decirlo de esa forma. —
— ¿Ayudarse cómo? —
— Bueno, considere Horacio que mucha gente importante comenzó
vendiendo churros para pagarse sus estudios. Eso a la
larga nos ha permitido acceder a ciertos privilegios a la hora de
resolver todo tipo de problemas. Por ejemplo en el estado tenemos
gente en prácticamente todos los ministerios y las empresas
públicas. Cuando uno de nuestros “socios” (hizo el gesto de las
comillas con los dedos) necesita una solución podemos recurrir a
ellos.—
Horacio sacudió la cabeza como tratando de despertar de un sueño
muy raro, pero seguía en el mismo lugar. El hombre continuó
hablando de las bondades de aquel club, de lo que sabían de él y le
ofreció sumarse, ocupar el lugar que recientemente había dejado
vacante Obudlio, un veterano churrero que se había jubilado con
grandes beneficios gracias a la intervención de la sociedad, ahora
radicado en una isla del Caribe.
Las condiciones para sumarse al club eran algo exigentes para los
ingresos del churrero promedio, -la cuota de 3000 pesos mensuales le
vendría agregada en la factura de teléfono- pero los beneficios
prometidos lo justificaban. Luego de la entrevista recorrieron en el
auto del líder del grupo las zonas parquizadas de la ciudad
saludando a los churreros.
— Tiene 24 horas para darnos una respuesta, caso contrario
interpretaremos que no le interesa y no volverá a saber de
nosotros.—
En ese momento, por temor o vaya a saber por qué, Horacio no
contestó nada y se no se dio cuenta que no le habían indicado
ninguna forma de comunicarse con la organización. En los días
siguientes fue una y otra vez hasta el baldío, repitió en la puerta
la secuencia de golpes y nadie apareció, aquello estaba tan vacío
como antes de esa tarde. Salió a recorrer en su bicicleta las plazas
y a hablar con los churreros de la ciudad pidiendo datos sobre cómo
contactarse con la sociedad secreta y de todos ellos recibió por
respuesta una gama de expresiones que fueron desde el desconocimiento
del tema hasta la duda sobre su cordura.
El único dato que le confirma a Horacio que no soñó todo aquello
son los 3000 pesos que gustosamente paga todos los meses con el
consumo de teléfono.
Publicado en suplemento Quinto Día de diario El Telégrafo.
Autor: Marco Rivero.
Foto: www.heraldo.es/noticias/gastronomia/2014/10/03/freir_chocolate_con_churros_313965_1311024.html
jueves, 10 de mayo de 2018
Hay que saltar
En la absoluta oscuridad del galpón el caballo se inquietó al
escuchar los pasos acercándose a la caballeriza.
—Aguante amigo que nos vamos para esos rocanroles— lo
tranquilizó, susurrando, mientras descolgaba uno de los frenos con
riendas negras, adornadas con tachas relucientes, desde el clavo en
una de las vigas de madera.—
Pasó la puerta y le empezó a acariciar el lomo, como hacía todas las mañanas.
Pasó la puerta y le empezó a acariciar el lomo, como hacía todas las mañanas.
— Yo sé que está preparau para la carrera, pero esta noche me
tiene que hacer el aguante, amigo— lo conversó mientras lo
enfilaba hacia la puerta.—
— ¿Adonde piensa que va el mozo con ese parejero?
— Don Jacinto, buenas noches. Es que el pingo estaba un poco
nervioso esta tarde y don Eustacio lo iba a sacar a tomar aire.
— Pero usté debe pensar que uno es abombau. Se está robando el
caballo, el favorito para ganar mañana la copa de plata. El patrón
me encomendó a cuidarlo porque sospechaba justamente que alguno le
iba venir a perjudicar el negocio. Vaya soltando esas riendas o lo
quemo.—
— Está bien, está bien, m’iba llevando el caballo, pero no es
lo que usté cree.—
— Y qué es, ¿mocoepavo?—
— Me lo estaba llevando para ir al pueblo, a ver el rocanrol en el
anfiteatro.—
— ¿A ver qué?—
— El rocanrol, hoy está la ‘Trosky’.—
— Pero habrá salido maricón el mozo. No le digo yo que en esa
escuela agreria no le enseñan nada produtivo. Deje ya ese ejemplar,
hágame el favor.
— Ta bien, ta bien, lo dejo.
Enroscó las riendas en la mano y amagó acercar el equino hacia el
lugar de donde lo había retirado, pero aprovechando que tenía más
velocidad de reacción que el viejo dio un salto, quedó montado y
salió hacia la portera como una exhalación.
El viejo dio aviso en la casa lo más rápido que pudo y se organizó
rápidamente un operativo para darle caza al ladrón.
Miró la hora en el celular, eran casi las ocho y media. Había
calculado que Trotsky Vengarán no iba a subir antes de las once de
la noche. Iba a llegar, si acaso, con poco margen para comprar la
entrada y mandarse para el anfiteatro. El plan original incluía un
cambio de ropas por el camino, para estar más a tono con el entorno,
pero en esas circunstancias era riesgoso distraerse en detalles.
Calculó que lo iban a estar esperando en el camino que sale a la
estación y acertó. Allí había dispuesto Eustacio Villegas Toja un
piquete con orden de abrir fuego pero sin apuntar al jinete, por
miedo a que pudiera resultar impactado el animal.
— Jacinto, ¿dónde dijiste que iba este malagradecido de
Servando?—
— Iba para la fiesta esa del pueblo, la de la Cerveza—
— Será abombau, digale a los de Molina que lo esperen en la puerta
y que lo saque del pescuezo. Que me lo traigan enterito, que yo me
encargo.
Servando esquivó el piquete metiéndose por el camino que da la
cascada del Queguay, por allí cruzaron a nado alumbrados por la
luna, ya bastante alta. El desvío le robó tiempo, pero sabía que
iba a recuperar porque lo conocía bien de bien al Pankpero, como él
mismo había bautizado al caballo más rápido de la zona, invicto en
nosecuantas carreras en las que él lo había conducido. Eran uña y
carne, una sola persona, un solo animal, desafiando al galope el
camino polvoriento hacia las luces de la ciudad.
— Allá está Constancia, vamos a llegar bien de bien, negrito—
El zaino resoplaba pero no aminoraba la marcha, no habría forma de
que su amigo se perdiese ese concierto. Pasó volando por los puentes
de los San Franciscos y agarró la cortada hacia Avenida de las
Américas al amparo de la oscuridad y se metió a la ciudad por la
Roldán vieja. Sin nadie que lo persiga se mandó por número nueve
hasta la Costanera y allí se dispuso a dejar atado en unos
matorrales atrás de la planta emisora aquel caballo que desde chico
había escuchado decir a Don Eustacio que iba a terminar valiendo un
millón de dólares.
Desde el Anfiteatro ya se empezaban a escuchar los primeros acordes
de la banda y Servando, caminando hacia la puerta tarareaba “desde
el cerro... al parque Central… los muchachos… no pueden
parar...”.
Pensó que ya no habría obstáculo que se interpusiera entre él y
el concierto de su vida. La banda había venido muchas veces antes a
Paysandú, pero siempre se le complicó para largarse desde el campo,
pero ese año se había jurado que iba a estar a como diera lugar.
Cuando iba ya sacando la billetera para hacer la cola en la boletería
se percató de la presencia de los perros de Medina. Atinó a sacarse
la boina para no facilitarles tanto y se arrimó a la ventanilla
cabezagacha, llegó a pedir una para el predio y otra para el
anfiteatro y sintió abajo de las costillas la punta apoyada del
cuchillo.
— Vámonos, Servando, hasta aquí llegaste.—
Matías lo había conocido en la escuela agraria. Había intentado
alejarse de la falopa yéndose al campo y la experiencia duró apenas
tres meses, pero en ese tiempo le había enseñado a Servando mucho
de lo que sabía del rocanrol, incluso algunos compases en la
guitarra criolla. Era el responsable directo de que él estuviera
allí, resultaba paradójico que fuese él quien lo detuviera.
— Matías, el caballo está atrás de la antena de la radio. Es
todo tuyo, el patrón dice que vale mucha plata, sacalo y andate con
él. Después que termine la ‘Trosky’ yo me entrego solito. Solo
vos sabés lo que esto significa para mí.—
— Están todas las entradas vigiladas, vas a tener que saltar el
tejido.—
El joven citadino lo miró, lo abrazó y le hizo estribo para que
pudiera pasar por encima del alambrado por atrás del parque.
El caballo estaba justamente en el lugar donde le había dicho, todavía agitado por la corrida.
El caballo estaba justamente en el lugar donde le había dicho, todavía agitado por la corrida.
Se arrimó despacito y cuando lo desataba las balas los empezaron a
atravesar de lado a lado. El caballo cayó primero, él se desplomó
sobre el costillar y sintió el calor y el sonido de los latidos
apagarse.
Por Marco Rivero - publicado en Quinto Día, suplemento de El Telégrafo.
jueves, 3 de mayo de 2018
El espía
-Todos tienen algo que ocultar, incluso John Lennon-, me dice,
citando al título de aquella canción del Maraviya, cuando lo
contacté para tratar de recuperar mi perrita Coker, aparentemente
secuestrada (dejaron una nota por debajo de la puerta diciendo que si
la quería volver a ver iba a tener que pagar 250 pesos).
Esas reflexiones escondidas que solía hacer iban bien con su aspecto
de jubilado del rock and roll. Aquella chaqueta de cuero, de
asombrosa versatilidad, según los accesorios con que la rodeara le
permitían ser un pasivo alimentando palomas en una plaza, un
taxista, un almacenero (quiosquero, carpintero... varias cosas más
que terminan en “ero”, se entiende), pero también un pescador,
un político barrial, en fin, lo que quisiera. Eso iba bien con su
negocio: la investigación privada.
Dentro de esa campera, tan aparentemente inofensiva, el hombre
escondía una multiplicidad de artilugios, tenía más herramientas
que las famosas navajas suizas. En un bolsillo unos lentes con visión
infrarroja y zoom óptico de 36 aumentos, con la salvedad que parecen
simples lentes de leer, multifocales. También lleva colgados del
cuello unos lentes comunes y silvestres, para ver de cerca. En uno de
los bolsillos superiores lleva además un comunicador digital a
prueba de rastreo, inmune a la detección a través de las redes
Wi-Fi e irreconocible por los satélites GPS, nombre clave: Motorola
C-115. -Y tengo dos más en casa en la cajita para cuando este se me
rompa, cosa que dudo-, agrega sacudiendo con firmeza el dispositivo.
![]() |
| Foto: Andrés Franco. |
En uno de los bolsillos de abajo lleva doblada una revista de sopas
de letras y autodefinidos con dos agujeros separados por la misma
distancia que tiene entre sus ojos. En el otro la novela de Aurelia
S. Williams Ensayo sobre la vigilancia. -Siempre conviene andar con
el manual-, explica. Pensaba yo (al igual que la crítica) que ese
libro en realidad no había sido de gran aporte, pero parece que en
el ambiente detectivesco estaba muy bien ponderado, en fin.
Nunca supe su nombre, se negó rotundamente a mostrarme una
identificación cuando tras preguntarle me evadió burdamente en tres
oportunidades con Anthonio Quinn, Santiago Connery y Carlos Daniel
Magnum. No insistí más.
Sin llegar a convencerme del todo de su efectividad (y a falta de
mejores opciones) decidí contratarlo. Se puso los lentes de leer de
cerca y me agregó en la agenda del Motorola. Me pasó un SMS que
decía “Este es mi número”. Lo agregué como contacto.
En los días siguientes me fue pidiendo datos sobre el secuestro de
mi perrita, pero no lo volví a ver.
Un par de días más tardes recibí una serie de mensaje de texto
desde su número, con buenas noticias.
El primero decía: “Tranquilidad compadre, apareció la perra”.
Luego otro que agregaba más datos: “Tuve que pagar el rescate,
pero está sanita y bien comida”. La felicidad y el alivio fueron
enormes en ese momento, no podía pensar en otra cosa más que volver
a reunirme con mi mascota. Ahí fue que recibí el tercer SMS.
“Cuando me haga usted el giro de mis honorarios la va a recibir en
su casa”. Respondí pidiendo instrucciones, ya que no tenía
siquiera su nombre para enviarle el dinero.
El cuarto mensaje me indicó que debía depositar en una cuenta de
una red de cobranzas a nombre de Herederos de Watson “$ 4750, más
los 250 que él había pagado a los secuestradores”, cosa que hice
con gusto, por supuesto.
Si me preguntan cómo fue que lo contacté, les diría que no sé,
fue él quien apareció en mi camino justo en el momento indicado
cuando lo necesitaba. Esa misma mañana le hice el giro, por la tarde
sonó el timbre y dentro de una caja de cartón corrugado estaba
Marian, mi perra. A lo lejos llegué a divisar la silueta de aquel
veterano barrigón de la campera de napa alejándose en su Vespa.
jueves, 19 de abril de 2018
El pueblo donde nada pasaba
Villa Carla nació con pretensiones de gran ciudad. Ya desde su
fundación -por decreto- se lo presentaba como el lugar donde se iba
a concentrar la riqueza de toda la zona; con sus grandes valores
culturales los visitantes iban a acudir en masa a visitar sus museos
y los jóvenes a formarse en sus facultades.
Todo gracias a que así lo quiso la todopoderosa voluntad política,
que por aquellos días de mediados del siglo XIX decidió castigar a
las rebeldes ciudades vecinas, a las que el sentimiento patriarcal la
convertía en murallas a las que el renovador pensamiento progresista
no lograba escalar.
Villa Carla se erigió sobre las leyendas de grupos originarios que
aportarían la mística de sus culturas, referentes productivos de la
nueva era, que en ancas de las nuevas tecnologías se habían
convertido en los nuevos ricos y ahora eran el estandarte de “lo
moderno”. Con las mejores instalaciones religiosas, educativas y
deportivas que se hubieran visto jamás en el país.
Villa Carla era lo nuevo, el lugar al que todo el mundo quería ir.
La fiebre de la construcción que se desató llevó a cientos de
pobladores de las clases menos pudientes a buscar su lugar en el
mundo en la confluencia de aquellos ríos de nombre mítico, cuyas
aguas lavaron los pecados por los que en las viejas ciudades eran
perseguidos, relegados y no tenían derecho a siquiera pasar por la
vereda de los grandes clubes sociales. La nuevas familias de
asalariados también llegaron desde el campo, para encontrar su lugar
en el mundo en aquellos fraccionamientos baratos y cercanos al centro
que prometían una vida más agraciada que la de la campaña.
Los comercios empezaron a aflorar con la llegada de inmigrantes que
cuando preguntaban en el viejo puerto colonial por un lugar donde
establecerse recibían como recomendación las coordenadas mágicas.
Pero de a poco las obras previstas se fueron completando y el viento que hacían soplar las arcas gubernamentales fue amainando, era el turno que la incipiente sociedad comenzara a remar, a navegar por sí misma.
Los capitales que llegaron hasta allí no se sentían parte de
aquella organización humana, poco a poco dejaron de frecuentar sus
nuevas instituciones sociales para envolverse en los de las viejas
ciudades, de mayor alcurnia, en los que gozaban de menor prestigio,
si, pero prefirieron ser cola de león a cabeza de ratón, y aunque
todos sabían que no pertenecían a ese lugar comenzaron a hacer de
cuenta que sí lo hacían.
Los pobres que llegaron del campo, que habían comprado con enorme esfuerzo sus solares en la nueva urbe, al encontrarse sin empleo luego de culminadas las grandes edificaciones no tuvieron más remedio que empezar a dividir sus propios terrenos y venderlos por fracciones más pequeñas y al final venderlo todo para comprar un espacio aún más chico en los nuevos barrios, más alejados del centro y con menos acceso a las comodidades citadinas y a los servicios que les habían prometido.
Los pobres que llegaron del campo, que habían comprado con enorme esfuerzo sus solares en la nueva urbe, al encontrarse sin empleo luego de culminadas las grandes edificaciones no tuvieron más remedio que empezar a dividir sus propios terrenos y venderlos por fracciones más pequeñas y al final venderlo todo para comprar un espacio aún más chico en los nuevos barrios, más alejados del centro y con menos acceso a las comodidades citadinas y a los servicios que les habían prometido.
Pasó el auge comercial y los inmigrantes volvieron a convertirse en
emigrantes y dejaron vacíos los enormes locales que habían
construido, que ahora estaban en manos de aquellos “platatenientes”
que vieron una oportunidad, pero que desconocedores del oficio de la
compra-venta simplemente se limitaron a ofrecerlos en arrendamiento.
Las distancias se hicieron cada vez más grandes entre quienes tenían
una estrategia de sobrevivencia rentable y quienes dependían del
impulso mensual de los salarios de los trabajadores públicos.
Así el interés general por Villa Carla fue cesando, a tal punto que
pasó a significar apenas un puñado de votos entre las dos ciudades
viejas, tradicionales, patriarcales, con las que la dirigencia
estatal se había vuelto a congraciar.
Cuando los políticos pasaban por la zona solamente paraban algunos
minutos para realizar algún mero anuncio administrativo y dejar de
paso alguna promesa de una futura fábrica, de capitales extranjeros,
que tenían interés en instalarse. Y todo siguió transitando en
enormes camiones que bordeaban la ciudad por la moderna carretera,
cada vez más rota. Y dentro de la ciudad la gente siguió
sobreviviendo, esperanzada en que la próxima inversión sí se iba a
concretar ahí, y volvería la riqueza, la esperanza, la luz. Y
mientras tanto todo permanecía casi igual, cada vez más triste.
martes, 10 de abril de 2018
Siempre tendremos Floripa
El griterío de los argentinos reclamando “decime qué se siente”
en la playa de Canasvieiras solo lo lograba apagar -por instantes-
sorbiendo sonoramente los últimos vestigios de una “caipi” de
vodka, la última de la noche, o la primera de la mañana, como
quiera verse.
Hacía ya un par de días que su excursión había partido de regreso
a Paysandú, pero él eligió quedarse, al menos una semana más, al
más, el resto de la vida.
¿Pueden considerarse amores de verano aquellos que empiezan un día
situado antes del tramo del calendario que va del 21 de diciembre al
21 de marzo? Técnicamente la definición de estos romances obedece
al calor y la brevedad más que a la estación en términos
astronómicos.
La idea de unas vacaciones compartidas comenzó como un intento por
sacarle el pasaporte a ese romance. Él y Luisa no llevaban más de
quince días juntos cuando reservaron su pasaje ida y vuelta a la
ilha mágica y como ocurre a esa altura no era tanto lo que
conocían uno de otro. El tiempo juntos podría remediar eso y vaya
si habría tiempo, solo en el viaje de ida fueron más de quince
horas de ómnibus, algunas de ellas de mimos, besos y manos nerviosas
y otras de incómodos silencios.
Ya en destino los primeros días no fueron distintos a los de
Paysandú, algo más caluroso y húmedos, pero llevaderos de todos
modos. Paseos, compras, playa, tragos y noche, hasta el miércoles.
Ese día los diarios catarinenses especulaban sobre de la
contaminación en las playas y el riesgo que ese problema podría
suponer para la industria turística, la principal fuente de ingresos
en el lugar. Él no pudo salir de su dormitorio en el hotel, ella
asumió las tareas de la jornada, ir al súper, pasar por la farmacia
a buscar algún remedio para paliar el problema digestivo de su
compañero y avisar a los de recepción por si acaso luego fuera
necesario algún tipo de trámite para acceder a alguna asistencia
médica. Ese día no hubo playa, paseos ni compras. Ni noche, ni
tragos, al menos no en pareja.
Él insistió tanto a Luisa que aprovechara el viaje, que no dejara
pasar la oportunidad de salir a divertirse, que ella se sumó a un
divertido grupo de jóvenes de la excursión que concurrió a una
discoteca del balneario.
Se despertó con los primeros rayos de sol que permitieron pasar los
agujeros de las cortinas de la ventana del apart. Estaba solo
en la cama. Evidentemente Luisa logró sobrellevar la salida en
solitario. A las 9:00 llamaron a la habitación para avisar que ya se
podía bajar al desayuno incluido en el precio del alojamiento. Se
cruzaron en la escalera. Él bajaba, Luisa subía. Un beso que le
resultó más frío de lo esperado y la promesa de verse abajo, para
conversar, pero se terminó la hora del desayuno y ella no bajó. Al
regresar la encontró aún vestida tendida en la cama, dormida.
Preparó el mate y se fue a la playa, pensando que quizás más
tarde, cuando su compañera se hubiera repuesto de los efectos del
alcohol podrían retomar el ritmo.
Comió algo de pescado en uno de los restaurantes sobre la playa y
regresó al hotel. Para su sorpresa la llave de la habitación estaba
en el tablero, Luisa había salido.
- ¿Você es el de la 203? A menina deixou esto para ti.
La recepcionista le entregó un sobre reciclado y en un trozo de una
hoja arrancada de un almanaque decía: “Algo cambió en mí,
perdoname”
Las del grupo con el que había ido a la discoteca le hablaron de una
muchacha, posiblemente argentina, con la que Luisa había estado
charlando y bebiendo y quizás hasta se fueron juntas, aunque ninguna
de las de la excursión sabía más nada. La buscó, preguntó en
hoteles, entre grupos de turistas argentinos, en las playas, en los
hospitales, en la Policía. Nadie supo decirle nada.
Pensó que de última se iban a encontrar en el ómnibus, para volver
a casa, pero por más que retuvo la partida del transporte más de
dos horas Luisa no dio señales. Aceptó que no había posibilidad
alguna de explicar qué había pasado, que nadie iba a creer que todo
había comenzado con un virus o una bacteria, o lo que fuera que
hubiese ocasionado lo que le pasó esa noche.
Texto
y foto: Marco Rivero - versión original publicada en suplemento Quinto Día de El Telégrafo.
jueves, 15 de marzo de 2018
En el corazón de las teclas
Un ojo asoma entre la “O” y la “P” y me hace una guiñada. Me
quedo largo rato contemplando, tratando de entender de qué se trata.
¿Acaso un insecto? No, era un ojo humano, seguro, un ojo marrón,
café con leche, diría. ¿Qué será? ¿O quién?
Me dispongo a averiguarlo y cuando me cuelo por la misma rendija veo
una silueta corriendo a la altura de la “U”, la persigo y la veo
girar detrás de la “T”, en dirección a la “F”, intuyendo
que quizás intentaría despistarme regresando tras sus pasos corté
camino por la “G” y la intercepté justo frente a la “V”.
Desconcertada la silueta buscó un sitio hacia donde escapar, pero ya
no había opciones, tendría que hacerme frente.
- Disculpá, ¿por qué corrés?
- Es que se supone que no tenés que verme sino hasta la semana que
viene.
- No entiendo, no te conozco, ¿o si?
- Claro, justamente, no me podés conocer hasta el momento preciso.
- No me estás explicando nada. ¿Quién sos y que hacés en mi
teclado?
- Yo soy una historia.
- ¿Como una musa o o algo así?
- Je, no, no. Una historia, un cuento.
- Bueno, se ve que me pasé de Bimbas anoche…
- No, no, al contrario, esto es real, yo soy real.
- Sigo creyendo en mi teoría.
- No, tonto, es así. Estamos todos aquí, nos estamos acomodando
porque como cambiaste de teclado tuvimos que mudarnos, por cierto,
¡qué cómodo está este!
- Gracias, lo elegí yo mismo. Pero quienes son “todos”.
- Todos nosotros, los personajes de tus cuentos, los protagonistas de
todas las historias que “se te ocurren”.
- Perdón, ¿vos estás sugiriendo que yo no inventé esos cuentos?
- Viste ese es el problema, ahora estoy hablando demasiado…
- Si, más o menos, pero no pares, ¿quiénes están?
- Todos, todos…
- Por ejemplo, ¿vos quién vendrías a ser?
- Bueno, yo en realidad todavía no soy nadie, porque no me
escribiste, ahora voy a ser una aburrida silueta que iba escapando
entre las teclas, uhh, qué emoción…
- Si no te gusta…
- No, no, está bien, sigo… originalmente iba a ser una señora que le da un billete de $ 1000 a un vendedor de churros.
- No, no, está bien, sigo… originalmente iba a ser una señora que le da un billete de $ 1000 a un vendedor de churros.
- Ese cuento ya salió…
- Si, ya sé, me lo perdí porque tuve que sacar licencia médica.
- Si, ya sé, me lo perdí porque tuve que sacar licencia médica.
- Ah.
- El tema es que ahora me reintegré y estaba tratando de llamar la
atención para que escribieras algo, estaba pensando que podría ser
algo en una playa, aprovechando el verano, no sé tomar unos
daiquiri, correr olas, aplaudir la puesta de sol…
- Que papa lo tuyo
- Bueno y capaz que le agregamos un tiburón ahí como para que tenga
un poco de emoción, digo yo, voy en la tabla y rescato una niña que
había arrastrado la corriente mar adentro. ¿No te gusta?
- No es muy de mi estilo…
- Aaaaaaay tu estilo, haceme el favor…
- Pará, pará, ¿qué te pasa? No te gusta lo que escribo
- Neee
- ¿Y entonces qué hacés acá?
- Bueno, en realidad es lo que me tocó, yo había pedido Gustavo
Espinosa, pero como recién publicó y él se toma su tiempo, y yo
necesitaba el laburo y vos sos de Treinta y Tres también y me dije
‘bueno ta, es lo que hay’.
- Serás perra
- No, no, no te voy as permitir...
- No me entendiste, vas a ser una perra, una border collie que se
escapa de la casa un 24 de diciembre en medio de los cuetes y vas a
vagar por las calles días y noches y no te van a encontrar, vas a
tener camada tras camada de cachorros con cuanto perro suelto se te
cruce y te van a apedrear y a lastimar. Vas a andar mendigando comida
en las puertas de las carnicerías y peleándote con perros más
grandes para defender tus huesos. Y así, mugrienta, lastimada y
todo, vas a tener que ganarte el cariño de alguna familia que te
adopte.
- Rencoroso…
- “Daiquiri”, así te vas a llamar, jajaja...
sábado, 10 de marzo de 2018
Crónica de un día difícil
Mariana se levantó temprano, bastante más de lo que necesitaba para
llegar a tiempo de abrir la mesa de votación en la que le tocaba
trabajar ese domingo. Sabía que no eran las elecciones más
trascendentes de la historia pero era la primera vez que la nominaban
para estar en un circuito, nada menos que de presidenta de mesa y esa
responsabilidad la ponía extremadamente ansiosa.
Para Marcelo no era un día más, era el día en que iba a estrenar
su credencial cívica. Por poquitos días no había podido votar en
las elecciones de mayo de 2015, las últimas del último ciclo
electoral. Había militado en su partido desde muy chiquito y se
tomaba muy a pecho las cuestiones de la democracia: elegir a los
hombres y mujeres que hablarían por él en los diferentes ámbitos
del Estado. No tenían la pompa de las presidenciales ni la energía
de las internas -cuando todo el mundo arranca de cero, con las
ilusiones intactas- pero fue lo que le tocó para estrenar su
flamante credencial y no iba a dejar pasar la oportunidad, salió con
una bandera hecha con una sábana vieja con el número de su lista
pintado en el centro.
Con un cargamento a cuestas de cartera, matera, una bolsita de
escones caseros que había preparado la tarde anterior para compartir
con los compañeros de mesa, una botella de agua mineralizada sin gas
de 2 litros y medio y un taper repleto de empanadas llegó Mariana a
la puerta del Centro CAIF Pequeño Solcito y ahí experimentó por
primera vez la soledad. Estaba cerrado. Pensó que había llegado
temprano y esperó, esperó, esperó. 15 minutos más tarde empezó a
llamar a la Oficina Electoral. Nada. Ya eran las 7:25 y su circuito
no estaba armado aún. Una vergüenza estrenarse así. A esa altura
ya estaba el guardia con la urna y uno de los suplentes y se había
formado un campamento en la vereda. A lo lejos por la bajadita del
fondo de la calle apareció una mujer en bicicleta, no llegó a
bajarse de la chiva, puso un pie en el cordón y preguntó —
¿Mariana Acosta quién es?
Ella, que era la única mujer en el grupo, levantó la mano y la
señora con un pase de béisbol le tiró el manojo de llaves.
— No me sonó el despertador del celular. La de la lanita rosada es
la que abre. A las 8 de la noche vengo. No armen relajo.
Y sin más se fue, con la chismosa colgando del manillar.
Marcelo llevaba más de una hora haciendo cola, escuchando a los que
estaban delante suyo en la fila despacharse por la suspensión del
fútbol, por la veda alcohólica y por la multa, porque no sabían a
quién se votaba, porque no sabían para qué se votaba, porque era
todo un relajo, porque termino acá y nos vamos para las termas. A él
no le importaba nada lo que dijeran los demás, él sabía que era su
debut electoral y nada más. Quedaban ya uno o dos votantes delante
suyo y el gran momento se avecinaba. En eso sale una chiquilina del
cuarto secreto advirtiendo a la mesa — Señora, no quedan listas.
Con cara de sorprendida Mariana fue a revisar y, efectivamente, no
quedaba una sola papeleta. Avisó a la Oficina Electoral y le
respondieron que no le iban a mandar porque ahí no tenían y que
esperara a que fueran los delegados.
Toda la energía con la que Mariana había empezado la jornada se
había desvanecido antes de las 10 de la mañana. A esa altura le
habían caído reproches de todos colores y hasta algún insulto de
un elector que tuvo que demorar su paseo familiar por culpa de las
benditas elecciones. Definitivamente ya estaba convencida de que fue
una mala idea ir a ofrecerse para trabajar a cambio de unos pocos
días libres.
Algunos votaron en blanco -con diferentes tipos de objetos extraños
dentro del sobre- y se fueron a las termas, otros esperaron a que
apareciera alguna lista solamente para darse el gusto de anular el
voto y los que pudieron votar fueron los que llevaron su propia hoja,
como se había recomendado en los días previos, aunque no se sabía
donde conseguir algunas. Marcelo había preguntado a varios que había
visto pasar con listas si no le sobraba alguna. Ya a esa altura le
daba lo mismo cualquiera con tal de no votar en blanco en su primera
vez.
Sobre el mediodía aparecieron los delegados y la cosa se empezó a
encaminar, pero el buen ánimo no se recuperó. Marcelo pudo votar y
no supo ni a quién, al que llegó primero, y se fue tan de apuro que
no se llevó la constancia, ya era bastante tarde, pero quizás si el
escrutinio se hubiera demorado alguien le podría remediar el
problema.
Cuando llegó frente a la puerta del local estaba Mariana sentada en
la puerta con las llaves en la mano.
— Disculpá, vos estabas en la mesa, ¿no? Me dejé la constancia del voto.
Mariana revisó en su cartera y entre un fajo de constancias de voto encontró la de Marcelo.
—Es que con esta locura me olvidé de entregarlas, un desastre. Encima ahora tuve que volver porque la mujer del CAIF no aparece, de la Corte la llamaron y dice que está muy borracha y que va a venir el nieto a buscar las llaves.
— Disculpá, vos estabas en la mesa, ¿no? Me dejé la constancia del voto.
Mariana revisó en su cartera y entre un fajo de constancias de voto encontró la de Marcelo.
—Es que con esta locura me olvidé de entregarlas, un desastre. Encima ahora tuve que volver porque la mujer del CAIF no aparece, de la Corte la llamaron y dice que está muy borracha y que va a venir el nieto a buscar las llaves.
Marcelo se quedó conversando con Mariana, como a las dos horas llegó
el nieto y se llevó las llaves y ellos se fueron juntos caminando y
quién sabe, quizás después de todo el día no haya sido taaan
malo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre Brasil y Uruguay para evitar migración “vermelha” desde Cuba y Venezuela
BOLSONARO FIRMARÍA DECRETO POCO DESPUÉS DE ASUMIR Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre Brasil y Uruguay pa...
-
Hola. Debo confesarte algo: estoy asustado. Al principio pensé que temía por mí, por mi futuro, por mi actividad profesional, pero no, hoy v...
-
Un ojo asoma entre la “O” y la “P” y me hace una guiñada. Me quedo largo rato contemplando, tratando de entender de qué se tr...









