jueves, 2 de agosto de 2018

Los límites de la paranoia

“El director del FBI tapa la cámara de su computadora con una cinta adhesiva”. El título de la noticia en la página de la BBC lo sorprendió. No era la primera vez que oía hablar de la vulnerabilidad informática y el espionaje, pero que el mismísimo director del FBI tuviera que tapar la camarita le pareció un exceso a todas luces. Así que decidió llamar a Mónica, su prima, una experta en seguridad informática a ver si se podía tranquilizar un poco.
— Escuchame nena, estamos regalados, se nos terminó la privacidad. Yo ya tapé la camarita con cinta también, no vaya a ser que me anden mirando la cara que pongo cuando entro a mirar todos en Instagram.—
— No, Gonza, tranquilizate, mirá que no es tan así como dicen, en realidad no creo que a vos te vayan a andar espiando, como si tuvieras algo interesante que sacarte.—
— Mirá, no sé, yo por las dudas no pongo la tarjeta de crédito ni de débito en ningún lado y estoy pensando en solamente usar el teléfono fijo para hablar.—
— No, pero mirá que no pasa nada.—
— No pasa nada no, pasa sí, si el otro día me dijeron que el Facebook y el Instagram escuchan lo que vos conversas cerca del teléfono con otra gente, para conocer las cosas que te gustan y poder venderte más. ¡Es una persecución!—
Contemplando el grado de paranoia que su amigo parecía estar alcanzando a Mónica le propuso llevar las cosas al un nivel superior.
— Gonza, ¿te acordás de Julio? Mañana vamos a ir a verlo. Te paso a buscar a las 5 y media, pedite el día libre que nos vamos al campo.—
— ¿De la mañana?—
— Si, claro, por supuesto. Traé mate y compramos bizcochos a la salida, pero eso sí, no traigas el celular, ni la computadora ni ningún artefacto electrónico.—
Gonzalo conocía muy bien el auto de Mónica, un modelo 2014 con todo lo que tiene que tener en comodidades y seguridad para irse de paseo al campo, por eso no comprendía por qué estaban haciendo el viaje en la modesta Brasilia del 78 de su madre.
— Ahora cuando tomemos el camino vecinal y salgamos del alcance de la tecnología te lo explico— le dijo, develando la incógnita, por lo que no fue necesario volver sobre el tema.
Gonzalo no tenía idea de donde se encontraban. Una vieja escuela del plan gallinal reconvertida en el Hostel Los Brujos fue el destino del viaje. Desde la penumbra, por encima del reverso de un libro abierto asomaron los enormes lentes de Julio.
— Mónica, ¿revisaste que tu acompañante esté limpio?—
— Si, Julio, sabés bien de bien que siempre me cercioro de todos los detalles. Él es Gonzalo y está preocupado porque piensa que su celular lo está espiando.—
— Ah, así que piensa que su celujajajajajaJAJAJAJAJA!!! Ahhhh. Si, es cierto.—
— ¡Lo sabía, estaba seguro!—
— Bueno, no se emocione tanto, que lo que yo estoy tratando de hacer es probarlo.—
— ¿Cómo?—
— Ahora vamos a ir hasta un cobertizo, jajaja, mentira, es un galponcito, pero me encanta como suena “cobertizo”… Es como de los western. En fin. Vamos a ir y ustedes me tienen que seguir el diálogo. Seremos un grupo de guerrilleros que planeamos un ataque a un objetivo militar extranjero en la capital, y estamos negociando con fuerzas radicales la compra de armamento. En el cobertizo (le hace una guiñada a Gonzalo) habrá tres celulares, uno encendido, otro apagado y el tercero además sin su batería. Nuestro contacto se llama Antonio Alejo Zubizareta, no pero es más que un personaje ficticio.—


Durante las siguientes tres horas estuvieron en el húmedo y oscuro galpón planificando la forma de hacer volar por los aires una embajada en Montevideo, especulando sobre los costos del operativo y reclamando el asesoramiento de Antonio Alejo Zubizareta. La noche encontró a Gonza y Mónica en aquellos apartados parajes, a la tenue luz de la luna y no se precisó nada más, la tensión entre ambos llegó al punto que tantas veces habían postergado.
— Me siento culpable, Gonza, pero es que no sabía como hacer para traerte, y la excusa de la paranoia tuya me vino bien. Te tenía muchas ganas, hace tiempo.—
— Y yo te lo agradezco, nunca me hubiese animado a dar el primer paso, te confieso.—
Pasaron la noche en una de las habitaciones del Hostel, abrazados, alumbrados por la luz de la estufa, que se fue consumiendo de a poco, a diferencia del calor.
Aplazaron el momento de despertarse todo lo que pudieron, en realidad iban a seguir, pero los sobresaltó el llamado de Julio.
— ¡Vengan ya, pero ya mismo! En el mostrador lo tengo a Zubizarreta. Nuestro contacto ficticio.
Un señor semicalvo, canoso, de unos 60 y algo, con rostro de preocupación nos esperaba.—
— Ahora sí, Antonio, termine de contar…—
— Buenos días. Soy Antonio Alejo Zubizarreta, y como le decía a Julio, en los últimos meses Facebook y Booking no han parado de recomendarme venir a este sitio, e incluso lo han hecho con generosos beneficios, así que salí en la antevíspera desde Madrid, ayer llegué a Montevideo y heme aquí…—
Los tres se miraron con asombro, por fin estaba sobre la mesa la prueba que necesitaban sobre el espionaje, pero nada pudieron hacer, porque esas fueron sus últimas miradas antes de la explosión del misil.

lunes, 23 de julio de 2018

Focus group (inteligencia colectiva)


Los once que ocupábamos asientos alrededor de la larga mesa teníamos aproximadamente de la misma edad, pero evidentemente de distintas procedencias sociales y económicas. No se nos permitió identificarnos con nuestro verdadero nombre, en su lugar se nos adjudicó un alias temporal que lucíamos en un sticker rosado que colocamos -supongo que por algún impulso instintivo- del lado del corazón.

Llevábamos ya más de 10 minutos mirándonos las caras, uno de los tipos, uno con cara de Roberto, ubicado a tres o cuatro lugares de mi asiento, estudiaba minuciosamente cada una de las caras, como pretendiendo encontrar a un espía, o quizás solamente adivinar el nombre verdadero de los demás, como hacía yo. Nos quedamos mirando mutuamente escudriñando en las comisuras de los labios, en los rabillos de los ojos, en el arco de las cejas, en los pliegues de la cara. Roberto, definitivamente se tienen que llamar Roberto. U Octavio, que es como un Roberto pero con pretendida altivez histórica. Pasados los 10 siguientes minutos ingresó alguien a la sala, que interrumpió aquel extraño ritual que practicábamos con Roberto, que ya había sido advertido con cierta preocupación por el resto de los presentes. La señora de largos cabellos castaños, lacios, con reflejos violetas pretendía que yo prestara atención más a sus palabras que a sus enormes ojos negros y a sus carminados labios. Solo lo logró cuando de dentro de su cartera extrajo una mandarina, bah, una tanjerina, como le decíamos en el parque Colón, cuando las devorábamos por kilos con mi abuelo mientras veíamos algún partido del querido Club Nacional.

Esta era una tanjerina rara. La señor explicaba que se trataba de una nueva variedad en la cual la empresa -que no quiso nombrar- había puesto muchas expectativas en que se convirtiera en el producto estrella de su líneas de cítricos. Por eso había contratado a la agencia de publicidad y diseño para que los ayudara a crear una campaña de marketing para posicionar su producto.



Nos dio una tanjerina a cada uno y durante la siguiente hora estuvimos filosofando sobre esa fruta: vimos un video con sus propiedades nutricionales, de la excelente relación costo/beneficios en aportes energéticos, en unidades de sabor (desconocía que se pudiera medir el sabor) y en practividad. Nos mostraron la zona donde se producía, bastante más cerca de Montevideo que la zona cítrica tradicional del litoral, por lo que también se vería beneficiado el consumidor con una fruta más fresca y un menor precio, por la incidencia relativa del flete en el valor final.

Cuando parecía que la mujer ya había redondeado el concepto lo suficiente y que ya nos podríamos retirar después de una clase de botánica y de nutrición, aquellos labios rojos dejaron escapar el propósito de nuestra presencia allí. Ingresaron a la sala dos muchachas uniformadas como promotoras de la empresa y nos distribuyeron uno por uno lo que la de los ojos negros presentó como “la evolución de la tanjerina”: en una triste bandeja de polipropileno envueltas con papel film se encontraba apretadas dos mandarinas peladas y despellejadas.

Lo miré a Roberto y tenía la misma cara mezcla de sorpresa con indignación que tenía yo mismo. Y los demás andaban en el mismo trillo.

Ahí la mujer comenzó a enumerar las ventajas comparativas entre una tanjerina y la otra, sobre todo pensando en el consumidor final como un oficinista o administrativo del centro de una ciudad, que se vería afectado por el olor que produce pelar una tanjerina en horario de trabajo.

Siguió destacando las “ventajas” de esa forma de empaque y una tras otras se las íbamos rebatiendo en una defensa colectiva de las tanjerinas en su formato tradicional. De nada le valió echar mano a que en Estados Unidos las prefieren así, sin cáscaras y sin semillas, que era la otra gran virtud del producto. Aquella sala se estaba volviendo el útero de la revolución contra el maltrato hacia los cítricos, les protestábamos, los condenábamos por su intención antinatural, hasta que de pronto sonó un timbrazo y lo siguió un profundo silencio, que vino a romper la mujer del cabello castaño y reflejos violeta.
- Señores, está cumplido su papel aquí, no resta más que agradecerles su presencia e invitarlos a que en la sala contigua reciban su voucher por las dos noches de hotel en Colonia del Sacramento. Muchas gracias.

Cuando nos dirigíamos a la puerta pude sacar mi duda.

— Es usted Roberto, ¿no es así?

— Efectivamente, Carlos, ¿cómo lo supo?

viernes, 8 de junio de 2018

En medio del silencio


Saltaron el alambrado y corrieron hacia el monte. Conocían la zona porque varias veces habían estado en la costa de la laguna e incluso un poco más allá, en las barrancas del río, pescando. Casi no necesitaban de la blanca luz de la luna que les tendía una alfombra por la cual seguir corriendo.
Sabían que más adelante estaba la casa del ladrillero que tiene perros grandes, pero que además tiene empleados que se quedan en el galpón y que suelen salir a mojar anzuelos en las cálidas noches de diciembre.
Los primeros ladridos los hicieron replantearse el rumbo y era casi obligatorio quedarse allí, al borde del monte, lejos del agua, a esperar que aclare y después se vera. Las tres siluetas, menudas, ligeras, se acuestan bajo un pitanguero.
Allí tendido, arrancaban algunas frutas para saciar el hambre. Es que todo salió mal. No les dio tiempo de comer, porque ni siquiera lo pensaron mucho y porque no tenían plata.
Recostado sobre el buzo todavía recordaba la cara de aquel hombre reaccionando con sorpresa cuando lo encañonaron.
Lo conocían. El “Milico” como le decían en el barrio era un retirado que hacía changas para complementar la magra jubilación, casi siempre trabajaba informalmente de albañil, pero últimamente -obligado- había empezado en el taxi, cubriendo los libres de los choferes titulares y sobre todo en las noches, porque no tenía más que la libreta común. Era un trabajo que no daba mucha plata, pero que lo entretenía y además en aquel pueblo era tranquilo, porque era muy raro escuchar que a algún taxista le robaran algo y sobre todo porque casi todo quedaba cerca y muy poca gente usaba el taxi.
Pasaron frente a la parada, lo vieron hablando por teléfono y siguieron. Ahí fue que se les ocurrió que podían conseguirse con facilidad algunos pesos para comprar algo de vino. Como andaba con ellos el Carlos, que ya tenía 19 no les iban a hacer drama para venderles, pero había que conseguir con qué.
La segunda vez que pasaron el conductor los vio y los saludó, respondieron, pero igual siguieron caminando por la principal. En la tercera pasada se arrimaron a la ventanilla.
-Milico, ¿no nos llevas hasta las casas?-
La puerta de atrás del pequeño auto se abrió. Dos fueron atrás y el Carlos, el más grande, se ubicó en el asiento del acompañante. Las órdenes vinieron desde el asiento a su espalda.
-Primero lo dejamos al Gato en el barrio de la laguna, pasando la cancha de Huracán. El Carlos y yo vamos para la Ancá.-
El viaje fue lento, no había apuro. Nadie hablaba nada. Hicieron el paso a nivel, pasaron frente a la cancha y siguieron por el camino de las tropas.
-Ustedes me avisan, gurises- requirió el conductor como avisando que estaban en el lugar que se le había indicado.
-¡Pará el auto y bajate! Le gritó el Chiquito, el que se había sentado atrás y que le daba órdenes, haciéndole sentir con un golpecito en la cabeza que corría peligro si no hacía caso.
Los otros dos lo miraron con cara de sorpresa, pero quedaron mudos.
-Qué estás haciendo, estás loco, no te regalés-
-¡Que te bajes del auto o te mato!-
El chofer intentó acercar su mano a la cartera donde tenía la recaudación. Eran 240 pesos. El movimiento, que interpretó como un intento de buscar un arma, asustó al Chiquito que apretó el gatillo.
El tiro resonó en la tranquila noche de la laguna, algunas aves volaron, algún perro ladró a la distancia, pero nada más. No era raro que hubiera gente cazando en las noches por allí.
Se despertaron ya con el sol golpeándoles las caras y la camioneta blanca a la distancia les decía que la locura había terminado. Sin embargo era recién el comienzo.

sábado, 26 de mayo de 2018

La historia en una guitarra


“ADQUIERE COLECCIONISTA RIOJANO HISTÓRICA GUITARRA DE OLAZÁBAL”
El título en la página del matutino de la capital La Rioja llamó la atención de Adhemar Bengoechea, rematador y coleccionista de la pequeña ciudad entrerriana de Federal.
- Estela, mirá la foto, estoy seguro, más que seguro que hace pocos días vendí una guitarra igualita a esta, sin la cinta roja ni la firma de Octavio Olazábal, pero idéntica.-
- Ajá-
- En serio, te lo juro, yo no te puedo creer que haya vendido la guitarra de Olazábal, que la tuve como un mes y medio en el remate y no me di cuenta. Pensé que era una guitarra cualquiera, si me la trajo el “Ruso” Perdomo, estaba toda desvencijada y se fue en 150 pesos.
- Ajá-
- Pero no te das cuenta, acá dice que la acaba de comprar un tipo en La Rioja a 50.000 dólares.
Bengoechea se fue a la biblioteca a buscar en los diarios de los años 50 y 60 fotos de las veces cuando el aún joven Olazábal llegó a la ciudad para la primeras ediciones del viejo Festival del Chamamé.
Por supuesto que los documentos estaban muy borrosos y no permitían apreciar con mucho detalle la guitarra, lo único que se distinguía era la cinta de tono oscuro, probablemente punzó.
Bengoechea rastreó y encontró al coleccionista riojano. Cuando se comunicó al teléfono se sorprendió.


-Si, soy yo. No me diga nada, a usted también lo embaucaron…-
- No, no, ¿por qué lo dice?
- Es que desde que salió ese artículo en el diario ya van 8 personas que se comunican conmigo. A cada una de ellas les vendieron la misma histórica guitarra de Olazábal.
- No puede ser, pero usted la tiene, yo ví la foto.
- Todos tenemos una guitarra. Yo hice certificar la firma de Olazábal por un perito antes de hacer el giro. La rúbrica es auténtica. Las 9 lo son.
- ¿Quién se la vendió? ¿Cómo era?
- A decir verdad no tengo idea, hicimos el negocio por whatsapp, desde un número de teléfono que no da tono de llamada. La guitarra me llegó por correo postal y en la agencia de Buenos Aires donde se mandó no recuerdan la cara de quien hizo el envío, con un nombre falso, según la Policía.
En los días siguientes continuaron apareciendo nuevas guitarras históricas de Olazábal: en Salta, en el Chaco, en Jujuy, en San Luis, en Mendoza, en Santa Cruz, en Paraná, en Rosario. Ya había una en cada provincia, excepto Misiones y Tierra del Fuego.
A Bengoechea se le ocurrió que quizás si el colega riojano fuera a una de las provincias que faltaban y él a la otra, pudieran poner al descubierto a quien está detrás de la maniobra, pero el otro decidió que ya no perdería más dinero en el asunto, así que siguió solo. Durante los dos meses siguientes no aparecieron nuevas guitarras. A pesar que en un principio el asunto no le había despertado el más mínimo interés, fue la propia esposa de Begoechea quien le sugirió una forma de llegar hasta el timador.
- ¿Y por qué no hablás con el mismo Olazábal?
- ¿Cómo? ¿Ese hombre está vivo?
- Claro que si, tiene como 90 años, vive en Mburucuyá, Corrientes, son como 450 kilómetros de acá.
- ¿Y vos cómo sabés todo eso?
- Porque hace poco tiempo lo entrevistaron en Argentinísima satelital.
- Por lo menos es más cerca que Tierra del Fuego- suspiró
La vivienda de Olazábal era poco más que una choza. El anciano folclorista, que recibió al visitante ofreciéndole un mate, luego de escuchar con atención el relato de Bengoechea el músico recordó la visita de aquel hombre con acento uruguayo, que se mostró tan interesado y que al despedirse le pidió que le autografiara algunas guitarras para regalar entre sus familiares.
Conversaron durante largas horas sobre la cultura latinoamericana, la pérdida de valores en la sociedad, la necesidad de volver a la raíces, de qué hubiera sido de aquella tierra si hubiese triunfado el modelo artiguista y lo nefasto del centralismo porteño.
Antes de retirarse Bengoechea recibió de manos de un conmovido Olazábal la auténtica antigua guitarra histórica que paseó por el continente de festival en festival, con su rúbrica y el característico lazo color rojo punzó.

jueves, 17 de mayo de 2018

La comunidad del churro


El tedio se transmitía a las moléculas de la fritura. La masa crepitaba con desdén en el infierno de aceite en el que se zambullía al impulso de la manivela que Horacio giraba con el ademán mecánico de siempre, pero más lento. Había sido una tarde demasiado tranquila a pesar que el clima otoñal convidaba a dar una vuelta por la plaza y comprarse unos churros y acompañar el mate. Apenas había alcanzado a vender un par de docenas, que no cubrían la cuota diaria, y se disponía a empezar a apagar, cuando llegó una clienta.
La mujer pidió dos churros rellenos con dulce de leche, entregó un billete grande para realizar el pago y se fue sin esperar su vuelto. Horacio dio un pique y la alcanzó, pensando que tal vez había sido un momento de distracción.
— No, no, está bien así —
— Pero mire que me dio mil pesos —
— Fíjese bien y va a ver que así está muy bien —
El churrero volvió la vista hacia el papel moneda y en el reverso encontró una inscripción: “véame a las 19:00 en el baldío de avda. Brasil y Monterroso”. Cuando intentó preguntarle de qué se trataba ya no la encontró, se la había tragado la tierra.
Hasta el último momento pensó en no ir, pero la curiosidad que le generó aquella situación terminó pesando más. 


 Una silueta que se acercaba por la vereda lo invitó con un gesto a entrar en el terreno, en cuyo suelo se desparramaban escombros, bolsas de basura, envoltorios multicolores de las más variadas golosinas y una increíble diversidad de yuyos y malezas. Siguieron hasta una puerta al fondo. La mujer goleó siete veces en una secuencia muy recordable, una mirilla se abrió y luego la puerta. En el interior se le descubrió un salón casi de lujo, con numerosas sillas ordenadas alrededor de una alfombra escarlata con un círculo en su centro.
Cruzaron la sala y llegaron hasta una oficina en la que una persona esperaba sentada en una silla giratoria.
— Horacio, bienvenido —
— Gracias, ¿pero qué es este lugar? —
— Es la casa de tus colegas —
— ¿Ustedes venden churros? —
— Efectivamente. Somos una organización que nuclea vendedores de churros. —
— ¿Como un sindicato? —
— ¿A usted le parece esta una sede sindical? En realidad hacemos un poco más que eso. —
— Como una secta o algo así… —
— Algunos nos dicen así, otros nos dicen logia, sociedad secreta, nosotros preferimos decir que somos gente que se conoce y se ayuda entre sí. —
— ¿Como un club de churreros…? —
— Si le resulta cómodo puede decirlo de esa forma. —
— ¿Ayudarse cómo? —
— Bueno, considere Horacio que mucha gente importante comenzó vendiendo churros para pagarse sus estudios. Eso a la larga nos ha permitido acceder a ciertos privilegios a la hora de resolver todo tipo de problemas. Por ejemplo en el estado tenemos gente en prácticamente todos los ministerios y las empresas públicas. Cuando uno de nuestros “socios” (hizo el gesto de las comillas con los dedos) necesita una solución podemos recurrir a ellos.—
Horacio sacudió la cabeza como tratando de despertar de un sueño muy raro, pero seguía en el mismo lugar. El hombre continuó hablando de las bondades de aquel club, de lo que sabían de él y le ofreció sumarse, ocupar el lugar que recientemente había dejado vacante Obudlio, un veterano churrero que se había jubilado con grandes beneficios gracias a la intervención de la sociedad, ahora radicado en una isla del Caribe.
Las condiciones para sumarse al club eran algo exigentes para los ingresos del churrero promedio, -la cuota de 3000 pesos mensuales le vendría agregada en la factura de teléfono- pero los beneficios prometidos lo justificaban. Luego de la entrevista recorrieron en el auto del líder del grupo las zonas parquizadas de la ciudad saludando a los churreros.
— Tiene 24 horas para darnos una respuesta, caso contrario interpretaremos que no le interesa y no volverá a saber de nosotros.—
En ese momento, por temor o vaya a saber por qué, Horacio no contestó nada y se no se dio cuenta que no le habían indicado ninguna forma de comunicarse con la organización. En los días siguientes fue una y otra vez hasta el baldío, repitió en la puerta la secuencia de golpes y nadie apareció, aquello estaba tan vacío como antes de esa tarde. Salió a recorrer en su bicicleta las plazas y a hablar con los churreros de la ciudad pidiendo datos sobre cómo contactarse con la sociedad secreta y de todos ellos recibió por respuesta una gama de expresiones que fueron desde el desconocimiento del tema hasta la duda sobre su cordura.
El único dato que le confirma a Horacio que no soñó todo aquello son los 3000 pesos que gustosamente paga todos los meses con el consumo de teléfono. 


Publicado en suplemento Quinto Día de diario El Telégrafo.
Autor: Marco Rivero.
Foto:  www.heraldo.es/noticias/gastronomia/2014/10/03/freir_chocolate_con_churros_313965_1311024.html

jueves, 10 de mayo de 2018

Hay que saltar



En la absoluta oscuridad del galpón el caballo se inquietó al escuchar los pasos acercándose a la caballeriza.
—Aguante amigo que nos vamos para esos rocanroles— lo tranquilizó, susurrando, mientras descolgaba uno de los frenos con riendas negras, adornadas con tachas relucientes, desde el clavo en una de las vigas de madera.—
Pasó la puerta y le empezó a acariciar el lomo, como hacía todas las mañanas.
— Yo sé que está preparau para la carrera, pero esta noche me tiene que hacer el aguante, amigo— lo conversó mientras lo enfilaba hacia la puerta.—
— ¿Adonde piensa que va el mozo con ese parejero?
— Don Jacinto, buenas noches. Es que el pingo estaba un poco nervioso esta tarde y don Eustacio lo iba a sacar a tomar aire.
— Pero usté debe pensar que uno es abombau. Se está robando el caballo, el favorito para ganar mañana la copa de plata. El patrón me encomendó a cuidarlo porque sospechaba justamente que alguno le iba venir a perjudicar el negocio. Vaya soltando esas riendas o lo quemo.—
— Está bien, está bien, m’iba llevando el caballo, pero no es lo que usté cree.—
— Y qué es, ¿mocoepavo?—
— Me lo estaba llevando para ir al pueblo, a ver el rocanrol en el anfiteatro.—
— ¿A ver qué?—
— El rocanrol, hoy está la ‘Trosky’.—
— Pero habrá salido maricón el mozo. No le digo yo que en esa escuela agreria no le enseñan nada produtivo. Deje ya ese ejemplar, hágame el favor.
— Ta bien, ta bien, lo dejo.
Enroscó las riendas en la mano y amagó acercar el equino hacia el lugar de donde lo había retirado, pero aprovechando que tenía más velocidad de reacción que el viejo dio un salto, quedó montado y salió hacia la portera como una exhalación.
El viejo dio aviso en la casa lo más rápido que pudo y se organizó rápidamente un operativo para darle caza al ladrón.
Miró la hora en el celular, eran casi las ocho y media. Había calculado que Trotsky Vengarán no iba a subir antes de las once de la noche. Iba a llegar, si acaso, con poco margen para comprar la entrada y mandarse para el anfiteatro. El plan original incluía un cambio de ropas por el camino, para estar más a tono con el entorno, pero en esas circunstancias era riesgoso distraerse en detalles.
Calculó que lo iban a estar esperando en el camino que sale a la estación y acertó. Allí había dispuesto Eustacio Villegas Toja un piquete con orden de abrir fuego pero sin apuntar al jinete, por miedo a que pudiera resultar impactado el animal.
— Jacinto, ¿dónde dijiste que iba este malagradecido de Servando?—
— Iba para la fiesta esa del pueblo, la de la Cerveza—
— Será abombau, digale a los de Molina que lo esperen en la puerta y que lo saque del pescuezo. Que me lo traigan enterito, que yo me encargo.

  Servando esquivó el piquete metiéndose por el camino que da la cascada del Queguay, por allí cruzaron a nado alumbrados por la luna, ya bastante alta. El desvío le robó tiempo, pero sabía que iba a recuperar porque lo conocía bien de bien al Pankpero, como él mismo había bautizado al caballo más rápido de la zona, invicto en nosecuantas carreras en las que él lo había conducido. Eran uña y carne, una sola persona, un solo animal, desafiando al galope el camino polvoriento hacia las luces de la ciudad.
— Allá está Constancia, vamos a llegar bien de bien, negrito—
El zaino resoplaba pero no aminoraba la marcha, no habría forma de que su amigo se perdiese ese concierto. Pasó volando por los puentes de los San Franciscos y agarró la cortada hacia Avenida de las Américas al amparo de la oscuridad y se metió a la ciudad por la Roldán vieja. Sin nadie que lo persiga se mandó por número nueve hasta la Costanera y allí se dispuso a dejar atado en unos matorrales atrás de la planta emisora aquel caballo que desde chico había escuchado decir a Don Eustacio que iba a terminar valiendo un millón de dólares.
Desde el Anfiteatro ya se empezaban a escuchar los primeros acordes de la banda y Servando, caminando hacia la puerta tarareaba “desde el cerro... al parque Central… los muchachos… no pueden parar...”.
Pensó que ya no habría obstáculo que se interpusiera entre él y el concierto de su vida. La banda había venido muchas veces antes a Paysandú, pero siempre se le complicó para largarse desde el campo, pero ese año se había jurado que iba a estar a como diera lugar. Cuando iba ya sacando la billetera para hacer la cola en la boletería se percató de la presencia de los perros de Medina. Atinó a sacarse la boina para no facilitarles tanto y se arrimó a la ventanilla cabezagacha, llegó a pedir una para el predio y otra para el anfiteatro y sintió abajo de las costillas la punta apoyada del cuchillo.
— Vámonos, Servando, hasta aquí llegaste.—
Matías lo había conocido en la escuela agraria. Había intentado alejarse de la falopa yéndose al campo y la experiencia duró apenas tres meses, pero en ese tiempo le había enseñado a Servando mucho de lo que sabía del rocanrol, incluso algunos compases en la guitarra criolla. Era el responsable directo de que él estuviera allí, resultaba paradójico que fuese él quien lo detuviera.
— Matías, el caballo está atrás de la antena de la radio. Es todo tuyo, el patrón dice que vale mucha plata, sacalo y andate con él. Después que termine la ‘Trosky’ yo me entrego solito. Solo vos sabés lo que esto significa para mí.—
— Están todas las entradas vigiladas, vas a tener que saltar el tejido.—
El joven citadino lo miró, lo abrazó y le hizo estribo para que pudiera pasar por encima del alambrado por atrás del parque.
El caballo estaba justamente en el lugar donde le había dicho, todavía agitado por la corrida.
Se arrimó despacito y cuando lo desataba las balas los empezaron a atravesar de lado a lado. El caballo cayó primero, él se desplomó sobre el costillar y sintió el calor y el sonido de los latidos apagarse.

Por Marco Rivero - publicado en Quinto Día, suplemento de El Telégrafo.

jueves, 3 de mayo de 2018

El espía


-Todos tienen algo que ocultar, incluso John Lennon-, me dice, citando al título de aquella canción del Maraviya, cuando lo contacté para tratar de recuperar mi perrita Coker, aparentemente secuestrada (dejaron una nota por debajo de la puerta diciendo que si la quería volver a ver iba a tener que pagar 250 pesos).
Esas reflexiones escondidas que solía hacer iban bien con su aspecto de jubilado del rock and roll. Aquella chaqueta de cuero, de asombrosa versatilidad, según los accesorios con que la rodeara le permitían ser un pasivo alimentando palomas en una plaza, un taxista, un almacenero (quiosquero, carpintero... varias cosas más que terminan en “ero”, se entiende), pero también un pescador, un político barrial, en fin, lo que quisiera. Eso iba bien con su negocio: la investigación privada.
Dentro de esa campera, tan aparentemente inofensiva, el hombre escondía una multiplicidad de artilugios, tenía más herramientas que las famosas navajas suizas. En un bolsillo unos lentes con visión infrarroja y zoom óptico de 36 aumentos, con la salvedad que parecen simples lentes de leer, multifocales. También lleva colgados del cuello unos lentes comunes y silvestres, para ver de cerca. En uno de los bolsillos superiores lleva además un comunicador digital a prueba de rastreo, inmune a la detección a través de las redes Wi-Fi e irreconocible por los satélites GPS, nombre clave: Motorola C-115. -Y tengo dos más en casa en la cajita para cuando este se me rompa, cosa que dudo-, agrega sacudiendo con firmeza el dispositivo.

Foto: Andrés Franco.
 En uno de los bolsillos de abajo lleva doblada una revista de sopas de letras y autodefinidos con dos agujeros separados por la misma distancia que tiene entre sus ojos. En el otro la novela de Aurelia S. Williams Ensayo sobre la vigilancia. -Siempre conviene andar con el manual-, explica. Pensaba yo (al igual que la crítica) que ese libro en realidad no había sido de gran aporte, pero parece que en el ambiente detectivesco estaba muy bien ponderado, en fin.
Nunca supe su nombre, se negó rotundamente a mostrarme una identificación cuando tras preguntarle me evadió burdamente en tres oportunidades con Anthonio Quinn, Santiago Connery y Carlos Daniel Magnum. No insistí más.
Sin llegar a convencerme del todo de su efectividad (y a falta de mejores opciones) decidí contratarlo. Se puso los lentes de leer de cerca y me agregó en la agenda del Motorola. Me pasó un SMS que decía “Este es mi número”. Lo agregué como contacto.
En los días siguientes me fue pidiendo datos sobre el secuestro de mi perrita, pero no lo volví a ver.
Un par de días más tardes recibí una serie de mensaje de texto desde su número, con buenas noticias.
El primero decía: “Tranquilidad compadre, apareció la perra”. Luego otro que agregaba más datos: “Tuve que pagar el rescate, pero está sanita y bien comida”. La felicidad y el alivio fueron enormes en ese momento, no podía pensar en otra cosa más que volver a reunirme con mi mascota. Ahí fue que recibí el tercer SMS. “Cuando me haga usted el giro de mis honorarios la va a recibir en su casa”. Respondí pidiendo instrucciones, ya que no tenía siquiera su nombre para enviarle el dinero.
El cuarto mensaje me indicó que debía depositar en una cuenta de una red de cobranzas a nombre de Herederos de Watson “$ 4750, más los 250 que él había pagado a los secuestradores”, cosa que hice con gusto, por supuesto.
Si me preguntan cómo fue que lo contacté, les diría que no sé, fue él quien apareció en mi camino justo en el momento indicado cuando lo necesitaba. Esa misma mañana le hice el giro, por la tarde sonó el timbre y dentro de una caja de cartón corrugado estaba Marian, mi perra. A lo lejos llegué a divisar la silueta de aquel veterano barrigón de la campera de napa alejándose en su Vespa.

jueves, 19 de abril de 2018

El pueblo donde nada pasaba


Villa Carla nació con pretensiones de gran ciudad. Ya desde su fundación -por decreto- se lo presentaba como el lugar donde se iba a concentrar la riqueza de toda la zona; con sus grandes valores culturales los visitantes iban a acudir en masa a visitar sus museos y los jóvenes a formarse en sus facultades.
Todo gracias a que así lo quiso la todopoderosa voluntad política, que por aquellos días de mediados del siglo XIX decidió castigar a las rebeldes ciudades vecinas, a las que el sentimiento patriarcal la convertía en murallas a las que el renovador pensamiento progresista no lograba escalar.
Villa Carla se erigió sobre las leyendas de grupos originarios que aportarían la mística de sus culturas, referentes productivos de la nueva era, que en ancas de las nuevas tecnologías se habían convertido en los nuevos ricos y ahora eran el estandarte de “lo moderno”. Con las mejores instalaciones religiosas, educativas y deportivas que se hubieran visto jamás en el país.
Villa Carla era lo nuevo, el lugar al que todo el mundo quería ir. La fiebre de la construcción que se desató llevó a cientos de pobladores de las clases menos pudientes a buscar su lugar en el mundo en la confluencia de aquellos ríos de nombre mítico, cuyas aguas lavaron los pecados por los que en las viejas ciudades eran perseguidos, relegados y no tenían derecho a siquiera pasar por la vereda de los grandes clubes sociales. La nuevas familias de asalariados también llegaron desde el campo, para encontrar su lugar en el mundo en aquellos fraccionamientos baratos y cercanos al centro que prometían una vida más agraciada que la de la campaña.
Los comercios empezaron a aflorar con la llegada de inmigrantes que cuando preguntaban en el viejo puerto colonial por un lugar donde establecerse recibían como recomendación las coordenadas mágicas.



Pero de a poco las obras previstas se fueron completando y el viento que hacían soplar las arcas gubernamentales fue amainando, era el turno que la incipiente sociedad comenzara a remar, a navegar por sí misma.
Los capitales que llegaron hasta allí no se sentían parte de aquella organización humana, poco a poco dejaron de frecuentar sus nuevas instituciones sociales para envolverse en los de las viejas ciudades, de mayor alcurnia, en los que gozaban de menor prestigio, si, pero prefirieron ser cola de león a cabeza de ratón, y aunque todos sabían que no pertenecían a ese lugar comenzaron a hacer de cuenta que sí lo hacían.
Los pobres que llegaron del campo, que habían comprado con enorme esfuerzo sus solares en la nueva urbe, al encontrarse sin empleo luego de culminadas las grandes edificaciones no tuvieron más remedio que empezar a dividir sus propios terrenos y venderlos por fracciones más pequeñas y al final venderlo todo para comprar un espacio aún más chico en los nuevos barrios, más alejados del centro y con menos acceso a las comodidades citadinas y a los servicios que les habían prometido.
Pasó el auge comercial y los inmigrantes volvieron a convertirse en emigrantes y dejaron vacíos los enormes locales que habían construido, que ahora estaban en manos de aquellos “platatenientes” que vieron una oportunidad, pero que desconocedores del oficio de la compra-venta simplemente se limitaron a ofrecerlos en arrendamiento.
Las distancias se hicieron cada vez más grandes entre quienes tenían una estrategia de sobrevivencia rentable y quienes dependían del impulso mensual de los salarios de los trabajadores públicos.
Así el interés general por Villa Carla fue cesando, a tal punto que pasó a significar apenas un puñado de votos entre las dos ciudades viejas, tradicionales, patriarcales, con las que la dirigencia estatal se había vuelto a congraciar.
Cuando los políticos pasaban por la zona solamente paraban algunos minutos para realizar algún mero anuncio administrativo y dejar de paso alguna promesa de una futura fábrica, de capitales extranjeros, que tenían interés en instalarse. Y todo siguió transitando en enormes camiones que bordeaban la ciudad por la moderna carretera, cada vez más rota. Y dentro de la ciudad la gente siguió sobreviviendo, esperanzada en que la próxima inversión sí se iba a concretar ahí, y volvería la riqueza, la esperanza, la luz. Y mientras tanto todo permanecía casi igual, cada vez más triste.

martes, 10 de abril de 2018

Siempre tendremos Floripa


El griterío de los argentinos reclamando “decime qué se siente” en la playa de Canasvieiras solo lo lograba apagar -por instantes- sorbiendo sonoramente los últimos vestigios de una “caipi” de vodka, la última de la noche, o la primera de la mañana, como quiera verse.
Hacía ya un par de días que su excursión había partido de regreso a Paysandú, pero él eligió quedarse, al menos una semana más, al más, el resto de la vida.
¿Pueden considerarse amores de verano aquellos que empiezan un día situado antes del tramo del calendario que va del 21 de diciembre al 21 de marzo? Técnicamente la definición de estos romances obedece al calor y la brevedad más que a la estación en términos astronómicos.
La idea de unas vacaciones compartidas comenzó como un intento por sacarle el pasaporte a ese romance. Él y Luisa no llevaban más de quince días juntos cuando reservaron su pasaje ida y vuelta a la ilha mágica y como ocurre a esa altura no era tanto lo que conocían uno de otro. El tiempo juntos podría remediar eso y vaya si habría tiempo, solo en el viaje de ida fueron más de quince horas de ómnibus, algunas de ellas de mimos, besos y manos nerviosas y otras de incómodos silencios.
Ya en destino los primeros días no fueron distintos a los de Paysandú, algo más caluroso y húmedos, pero llevaderos de todos modos. Paseos, compras, playa, tragos y noche, hasta el miércoles. Ese día los diarios catarinenses especulaban sobre de la contaminación en las playas y el riesgo que ese problema podría suponer para la industria turística, la principal fuente de ingresos en el lugar. Él no pudo salir de su dormitorio en el hotel, ella asumió las tareas de la jornada, ir al súper, pasar por la farmacia a buscar algún remedio para paliar el problema digestivo de su compañero y avisar a los de recepción por si acaso luego fuera necesario algún tipo de trámite para acceder a alguna asistencia médica. Ese día no hubo playa, paseos ni compras. Ni noche, ni tragos, al menos no en pareja.


Él insistió tanto a Luisa que aprovechara el viaje, que no dejara pasar la oportunidad de salir a divertirse, que ella se sumó a un divertido grupo de jóvenes de la excursión que concurrió a una discoteca del balneario.
Se despertó con los primeros rayos de sol que permitieron pasar los agujeros de las cortinas de la ventana del apart. Estaba solo en la cama. Evidentemente Luisa logró sobrellevar la salida en solitario. A las 9:00 llamaron a la habitación para avisar que ya se podía bajar al desayuno incluido en el precio del alojamiento. Se cruzaron en la escalera. Él bajaba, Luisa subía. Un beso que le resultó más frío de lo esperado y la promesa de verse abajo, para conversar, pero se terminó la hora del desayuno y ella no bajó. Al regresar la encontró aún vestida tendida en la cama, dormida. Preparó el mate y se fue a la playa, pensando que quizás más tarde, cuando su compañera se hubiera repuesto de los efectos del alcohol podrían retomar el ritmo.
Comió algo de pescado en uno de los restaurantes sobre la playa y regresó al hotel. Para su sorpresa la llave de la habitación estaba en el tablero, Luisa había salido.
- ¿Você es el de la 203? A menina deixou esto para ti.
La recepcionista le entregó un sobre reciclado y en un trozo de una hoja arrancada de un almanaque decía: “Algo cambió en mí, perdoname”
Las del grupo con el que había ido a la discoteca le hablaron de una muchacha, posiblemente argentina, con la que Luisa había estado charlando y bebiendo y quizás hasta se fueron juntas, aunque ninguna de las de la excursión sabía más nada. La buscó, preguntó en hoteles, entre grupos de turistas argentinos, en las playas, en los hospitales, en la Policía. Nadie supo decirle nada.
Pensó que de última se iban a encontrar en el ómnibus, para volver a casa, pero por más que retuvo la partida del transporte más de dos horas Luisa no dio señales. Aceptó que no había posibilidad alguna de explicar qué había pasado, que nadie iba a creer que todo había comenzado con un virus o una bacteria, o lo que fuera que hubiese ocasionado lo que le pasó esa noche. 

Texto y foto: Marco Rivero - versión original publicada en suplemento Quinto Día de El Telégrafo.

jueves, 15 de marzo de 2018

En el corazón de las teclas


Un ojo asoma entre la “O” y la “P” y me hace una guiñada. Me quedo largo rato contemplando, tratando de entender de qué se trata. ¿Acaso un insecto? No, era un ojo humano, seguro, un ojo marrón, café con leche, diría. ¿Qué será? ¿O quién?
Me dispongo a averiguarlo y cuando me cuelo por la misma rendija veo una silueta corriendo a la altura de la “U”, la persigo y la veo girar detrás de la “T”, en dirección a la “F”, intuyendo que quizás intentaría despistarme regresando tras sus pasos corté camino por la “G” y la intercepté justo frente a la “V”.
Desconcertada la silueta buscó un sitio hacia donde escapar, pero ya no había opciones, tendría que hacerme frente.
- Disculpá, ¿por qué corrés?
- Es que se supone que no tenés que verme sino hasta la semana que viene.
- No entiendo, no te conozco, ¿o si?
- Claro, justamente, no me podés conocer hasta el momento preciso.
- No me estás explicando nada. ¿Quién sos y que hacés en mi teclado?
- Yo soy una historia.
- ¿Como una musa o o algo así?
- Je, no, no. Una historia, un cuento.
- Bueno, se ve que me pasé de Bimbas anoche…
- No, no, al contrario, esto es real, yo soy real.
- Sigo creyendo en mi teoría.
- No, tonto, es así. Estamos todos aquí, nos estamos acomodando porque como cambiaste de teclado tuvimos que mudarnos, por cierto, ¡qué cómodo está este!
- Gracias, lo elegí yo mismo. Pero quienes son “todos”.
- Todos nosotros, los personajes de tus cuentos, los protagonistas de todas las historias que “se te ocurren”.



- Perdón, ¿vos estás sugiriendo que yo no inventé esos cuentos?
- Viste ese es el problema, ahora estoy hablando demasiado…
- Si, más o menos, pero no pares, ¿quiénes están?
- Todos, todos…
- Por ejemplo, ¿vos quién vendrías a ser?
- Bueno, yo en realidad todavía no soy nadie, porque no me escribiste, ahora voy a ser una aburrida silueta que iba escapando entre las teclas, uhh, qué emoción…
- Si no te gusta…
- No, no, está bien, sigo… originalmente iba a ser una señora que le da un billete de $ 1000 a un vendedor de churros.
- Ese cuento ya salió…
- Si, ya sé, me lo perdí porque tuve que sacar licencia médica.
- Ah.
- El tema es que ahora me reintegré y estaba tratando de llamar la atención para que escribieras algo, estaba pensando que podría ser algo en una playa, aprovechando el verano, no sé tomar unos daiquiri, correr olas, aplaudir la puesta de sol…
- Que papa lo tuyo
- Bueno y capaz que le agregamos un tiburón ahí como para que tenga un poco de emoción, digo yo, voy en la tabla y rescato una niña que había arrastrado la corriente mar adentro. ¿No te gusta?
- No es muy de mi estilo…
- Aaaaaaay tu estilo, haceme el favor…
- Pará, pará, ¿qué te pasa? No te gusta lo que escribo
- Neee
- ¿Y entonces qué hacés acá?
- Bueno, en realidad es lo que me tocó, yo había pedido Gustavo Espinosa, pero como recién publicó y él se toma su tiempo, y yo necesitaba el laburo y vos sos de Treinta y Tres también y me dije ‘bueno ta, es lo que hay’.
- Serás perra
- No, no, no te voy as permitir...
- No me entendiste, vas a ser una perra, una border collie que se escapa de la casa un 24 de diciembre en medio de los cuetes y vas a vagar por las calles días y noches y no te van a encontrar, vas a tener camada tras camada de cachorros con cuanto perro suelto se te cruce y te van a apedrear y a lastimar. Vas a andar mendigando comida en las puertas de las carnicerías y peleándote con perros más grandes para defender tus huesos. Y así, mugrienta, lastimada y todo, vas a tener que ganarte el cariño de alguna familia que te adopte.
- Rencoroso…
- “Daiquiri”, así te vas a llamar, jajaja...

sábado, 10 de marzo de 2018

Crónica de un día difícil


Mariana se levantó temprano, bastante más de lo que necesitaba para llegar a tiempo de abrir la mesa de votación en la que le tocaba trabajar ese domingo. Sabía que no eran las elecciones más trascendentes de la historia pero era la primera vez que la nominaban para estar en un circuito, nada menos que de presidenta de mesa y esa responsabilidad la ponía extremadamente ansiosa.
Para Marcelo no era un día más, era el día en que iba a estrenar su credencial cívica. Por poquitos días no había podido votar en las elecciones de mayo de 2015, las últimas del último ciclo electoral. Había militado en su partido desde muy chiquito y se tomaba muy a pecho las cuestiones de la democracia: elegir a los hombres y mujeres que hablarían por él en los diferentes ámbitos del Estado. No tenían la pompa de las presidenciales ni la energía de las internas -cuando todo el mundo arranca de cero, con las ilusiones intactas- pero fue lo que le tocó para estrenar su flamante credencial y no iba a dejar pasar la oportunidad, salió con una bandera hecha con una sábana vieja con el número de su lista pintado en el centro.
Con un cargamento a cuestas de cartera, matera, una bolsita de escones caseros que había preparado la tarde anterior para compartir con los compañeros de mesa, una botella de agua mineralizada sin gas de 2 litros y medio y un taper repleto de empanadas llegó Mariana a la puerta del Centro CAIF Pequeño Solcito y ahí experimentó por primera vez la soledad. Estaba cerrado. Pensó que había llegado temprano y esperó, esperó, esperó. 15 minutos más tarde empezó a llamar a la Oficina Electoral. Nada. Ya eran las 7:25 y su circuito no estaba armado aún. Una vergüenza estrenarse así. A esa altura ya estaba el guardia con la urna y uno de los suplentes y se había formado un campamento en la vereda. A lo lejos por la bajadita del fondo de la calle apareció una mujer en bicicleta, no llegó a bajarse de la chiva, puso un pie en el cordón y preguntó — ¿Mariana Acosta quién es?
Ella, que era la única mujer en el grupo, levantó la mano y la señora con un pase de béisbol le tiró el manojo de llaves.
— No me sonó el despertador del celular. La de la lanita rosada es la que abre. A las 8 de la noche vengo. No armen relajo.
Y sin más se fue, con la chismosa colgando del manillar.
Marcelo llevaba más de una hora haciendo cola, escuchando a los que estaban delante suyo en la fila despacharse por la suspensión del fútbol, por la veda alcohólica y por la multa, porque no sabían a quién se votaba, porque no sabían para qué se votaba, porque era todo un relajo, porque termino acá y nos vamos para las termas. A él no le importaba nada lo que dijeran los demás, él sabía que era su debut electoral y nada más. Quedaban ya uno o dos votantes delante suyo y el gran momento se avecinaba. En eso sale una chiquilina del cuarto secreto advirtiendo a la mesa — Señora, no quedan listas.

 Con cara de sorprendida Mariana fue a revisar y, efectivamente, no quedaba una sola papeleta. Avisó a la Oficina Electoral y le respondieron que no le iban a mandar porque ahí no tenían y que esperara a que fueran los delegados.
Toda la energía con la que Mariana había empezado la jornada se había desvanecido antes de las 10 de la mañana. A esa altura le habían caído reproches de todos colores y hasta algún insulto de un elector que tuvo que demorar su paseo familiar por culpa de las benditas elecciones. Definitivamente ya estaba convencida de que fue una mala idea ir a ofrecerse para trabajar a cambio de unos pocos días libres.
Algunos votaron en blanco -con diferentes tipos de objetos extraños dentro del sobre- y se fueron a las termas, otros esperaron a que apareciera alguna lista solamente para darse el gusto de anular el voto y los que pudieron votar fueron los que llevaron su propia hoja, como se había recomendado en los días previos, aunque no se sabía donde conseguir algunas. Marcelo había preguntado a varios que había visto pasar con listas si no le sobraba alguna. Ya a esa altura le daba lo mismo cualquiera con tal de no votar en blanco en su primera vez.
Sobre el mediodía aparecieron los delegados y la cosa se empezó a encaminar, pero el buen ánimo no se recuperó. Marcelo pudo votar y no supo ni a quién, al que llegó primero, y se fue tan de apuro que no se llevó la constancia, ya era bastante tarde, pero quizás si el escrutinio se hubiera demorado alguien le podría remediar el problema.
Cuando llegó frente a la puerta del local estaba Mariana sentada en la puerta con las llaves en la mano.
— Disculpá, vos estabas en la mesa, ¿no? Me dejé la constancia del voto.
Mariana revisó en su cartera y entre un fajo de constancias de voto encontró la de Marcelo.
—Es que con esta locura me olvidé de entregarlas, un desastre. Encima ahora tuve que volver porque la mujer del CAIF no aparece, de la Corte la llamaron y dice que está muy borracha y que va a venir el nieto a buscar las llaves.
Marcelo se quedó conversando con Mariana, como a las dos horas llegó el nieto y se llevó las llaves y ellos se fueron juntos caminando y quién sabe, quizás después de todo el día no haya sido taaan malo.

Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre Brasil y Uruguay para evitar migración “vermelha” desde Cuba y Venezuela

BOLSONARO FIRMARÍA DECRETO POCO DESPUÉS DE ASUMIR Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre  Brasil  y  Uruguay pa...