sábado, 26 de mayo de 2018

La historia en una guitarra


“ADQUIERE COLECCIONISTA RIOJANO HISTÓRICA GUITARRA DE OLAZÁBAL”
El título en la página del matutino de la capital La Rioja llamó la atención de Adhemar Bengoechea, rematador y coleccionista de la pequeña ciudad entrerriana de Federal.
- Estela, mirá la foto, estoy seguro, más que seguro que hace pocos días vendí una guitarra igualita a esta, sin la cinta roja ni la firma de Octavio Olazábal, pero idéntica.-
- Ajá-
- En serio, te lo juro, yo no te puedo creer que haya vendido la guitarra de Olazábal, que la tuve como un mes y medio en el remate y no me di cuenta. Pensé que era una guitarra cualquiera, si me la trajo el “Ruso” Perdomo, estaba toda desvencijada y se fue en 150 pesos.
- Ajá-
- Pero no te das cuenta, acá dice que la acaba de comprar un tipo en La Rioja a 50.000 dólares.
Bengoechea se fue a la biblioteca a buscar en los diarios de los años 50 y 60 fotos de las veces cuando el aún joven Olazábal llegó a la ciudad para la primeras ediciones del viejo Festival del Chamamé.
Por supuesto que los documentos estaban muy borrosos y no permitían apreciar con mucho detalle la guitarra, lo único que se distinguía era la cinta de tono oscuro, probablemente punzó.
Bengoechea rastreó y encontró al coleccionista riojano. Cuando se comunicó al teléfono se sorprendió.


-Si, soy yo. No me diga nada, a usted también lo embaucaron…-
- No, no, ¿por qué lo dice?
- Es que desde que salió ese artículo en el diario ya van 8 personas que se comunican conmigo. A cada una de ellas les vendieron la misma histórica guitarra de Olazábal.
- No puede ser, pero usted la tiene, yo ví la foto.
- Todos tenemos una guitarra. Yo hice certificar la firma de Olazábal por un perito antes de hacer el giro. La rúbrica es auténtica. Las 9 lo son.
- ¿Quién se la vendió? ¿Cómo era?
- A decir verdad no tengo idea, hicimos el negocio por whatsapp, desde un número de teléfono que no da tono de llamada. La guitarra me llegó por correo postal y en la agencia de Buenos Aires donde se mandó no recuerdan la cara de quien hizo el envío, con un nombre falso, según la Policía.
En los días siguientes continuaron apareciendo nuevas guitarras históricas de Olazábal: en Salta, en el Chaco, en Jujuy, en San Luis, en Mendoza, en Santa Cruz, en Paraná, en Rosario. Ya había una en cada provincia, excepto Misiones y Tierra del Fuego.
A Bengoechea se le ocurrió que quizás si el colega riojano fuera a una de las provincias que faltaban y él a la otra, pudieran poner al descubierto a quien está detrás de la maniobra, pero el otro decidió que ya no perdería más dinero en el asunto, así que siguió solo. Durante los dos meses siguientes no aparecieron nuevas guitarras. A pesar que en un principio el asunto no le había despertado el más mínimo interés, fue la propia esposa de Begoechea quien le sugirió una forma de llegar hasta el timador.
- ¿Y por qué no hablás con el mismo Olazábal?
- ¿Cómo? ¿Ese hombre está vivo?
- Claro que si, tiene como 90 años, vive en Mburucuyá, Corrientes, son como 450 kilómetros de acá.
- ¿Y vos cómo sabés todo eso?
- Porque hace poco tiempo lo entrevistaron en Argentinísima satelital.
- Por lo menos es más cerca que Tierra del Fuego- suspiró
La vivienda de Olazábal era poco más que una choza. El anciano folclorista, que recibió al visitante ofreciéndole un mate, luego de escuchar con atención el relato de Bengoechea el músico recordó la visita de aquel hombre con acento uruguayo, que se mostró tan interesado y que al despedirse le pidió que le autografiara algunas guitarras para regalar entre sus familiares.
Conversaron durante largas horas sobre la cultura latinoamericana, la pérdida de valores en la sociedad, la necesidad de volver a la raíces, de qué hubiera sido de aquella tierra si hubiese triunfado el modelo artiguista y lo nefasto del centralismo porteño.
Antes de retirarse Bengoechea recibió de manos de un conmovido Olazábal la auténtica antigua guitarra histórica que paseó por el continente de festival en festival, con su rúbrica y el característico lazo color rojo punzó.

jueves, 17 de mayo de 2018

La comunidad del churro


El tedio se transmitía a las moléculas de la fritura. La masa crepitaba con desdén en el infierno de aceite en el que se zambullía al impulso de la manivela que Horacio giraba con el ademán mecánico de siempre, pero más lento. Había sido una tarde demasiado tranquila a pesar que el clima otoñal convidaba a dar una vuelta por la plaza y comprarse unos churros y acompañar el mate. Apenas había alcanzado a vender un par de docenas, que no cubrían la cuota diaria, y se disponía a empezar a apagar, cuando llegó una clienta.
La mujer pidió dos churros rellenos con dulce de leche, entregó un billete grande para realizar el pago y se fue sin esperar su vuelto. Horacio dio un pique y la alcanzó, pensando que tal vez había sido un momento de distracción.
— No, no, está bien así —
— Pero mire que me dio mil pesos —
— Fíjese bien y va a ver que así está muy bien —
El churrero volvió la vista hacia el papel moneda y en el reverso encontró una inscripción: “véame a las 19:00 en el baldío de avda. Brasil y Monterroso”. Cuando intentó preguntarle de qué se trataba ya no la encontró, se la había tragado la tierra.
Hasta el último momento pensó en no ir, pero la curiosidad que le generó aquella situación terminó pesando más. 


 Una silueta que se acercaba por la vereda lo invitó con un gesto a entrar en el terreno, en cuyo suelo se desparramaban escombros, bolsas de basura, envoltorios multicolores de las más variadas golosinas y una increíble diversidad de yuyos y malezas. Siguieron hasta una puerta al fondo. La mujer goleó siete veces en una secuencia muy recordable, una mirilla se abrió y luego la puerta. En el interior se le descubrió un salón casi de lujo, con numerosas sillas ordenadas alrededor de una alfombra escarlata con un círculo en su centro.
Cruzaron la sala y llegaron hasta una oficina en la que una persona esperaba sentada en una silla giratoria.
— Horacio, bienvenido —
— Gracias, ¿pero qué es este lugar? —
— Es la casa de tus colegas —
— ¿Ustedes venden churros? —
— Efectivamente. Somos una organización que nuclea vendedores de churros. —
— ¿Como un sindicato? —
— ¿A usted le parece esta una sede sindical? En realidad hacemos un poco más que eso. —
— Como una secta o algo así… —
— Algunos nos dicen así, otros nos dicen logia, sociedad secreta, nosotros preferimos decir que somos gente que se conoce y se ayuda entre sí. —
— ¿Como un club de churreros…? —
— Si le resulta cómodo puede decirlo de esa forma. —
— ¿Ayudarse cómo? —
— Bueno, considere Horacio que mucha gente importante comenzó vendiendo churros para pagarse sus estudios. Eso a la larga nos ha permitido acceder a ciertos privilegios a la hora de resolver todo tipo de problemas. Por ejemplo en el estado tenemos gente en prácticamente todos los ministerios y las empresas públicas. Cuando uno de nuestros “socios” (hizo el gesto de las comillas con los dedos) necesita una solución podemos recurrir a ellos.—
Horacio sacudió la cabeza como tratando de despertar de un sueño muy raro, pero seguía en el mismo lugar. El hombre continuó hablando de las bondades de aquel club, de lo que sabían de él y le ofreció sumarse, ocupar el lugar que recientemente había dejado vacante Obudlio, un veterano churrero que se había jubilado con grandes beneficios gracias a la intervención de la sociedad, ahora radicado en una isla del Caribe.
Las condiciones para sumarse al club eran algo exigentes para los ingresos del churrero promedio, -la cuota de 3000 pesos mensuales le vendría agregada en la factura de teléfono- pero los beneficios prometidos lo justificaban. Luego de la entrevista recorrieron en el auto del líder del grupo las zonas parquizadas de la ciudad saludando a los churreros.
— Tiene 24 horas para darnos una respuesta, caso contrario interpretaremos que no le interesa y no volverá a saber de nosotros.—
En ese momento, por temor o vaya a saber por qué, Horacio no contestó nada y se no se dio cuenta que no le habían indicado ninguna forma de comunicarse con la organización. En los días siguientes fue una y otra vez hasta el baldío, repitió en la puerta la secuencia de golpes y nadie apareció, aquello estaba tan vacío como antes de esa tarde. Salió a recorrer en su bicicleta las plazas y a hablar con los churreros de la ciudad pidiendo datos sobre cómo contactarse con la sociedad secreta y de todos ellos recibió por respuesta una gama de expresiones que fueron desde el desconocimiento del tema hasta la duda sobre su cordura.
El único dato que le confirma a Horacio que no soñó todo aquello son los 3000 pesos que gustosamente paga todos los meses con el consumo de teléfono. 


Publicado en suplemento Quinto Día de diario El Telégrafo.
Autor: Marco Rivero.
Foto:  www.heraldo.es/noticias/gastronomia/2014/10/03/freir_chocolate_con_churros_313965_1311024.html

jueves, 10 de mayo de 2018

Hay que saltar



En la absoluta oscuridad del galpón el caballo se inquietó al escuchar los pasos acercándose a la caballeriza.
—Aguante amigo que nos vamos para esos rocanroles— lo tranquilizó, susurrando, mientras descolgaba uno de los frenos con riendas negras, adornadas con tachas relucientes, desde el clavo en una de las vigas de madera.—
Pasó la puerta y le empezó a acariciar el lomo, como hacía todas las mañanas.
— Yo sé que está preparau para la carrera, pero esta noche me tiene que hacer el aguante, amigo— lo conversó mientras lo enfilaba hacia la puerta.—
— ¿Adonde piensa que va el mozo con ese parejero?
— Don Jacinto, buenas noches. Es que el pingo estaba un poco nervioso esta tarde y don Eustacio lo iba a sacar a tomar aire.
— Pero usté debe pensar que uno es abombau. Se está robando el caballo, el favorito para ganar mañana la copa de plata. El patrón me encomendó a cuidarlo porque sospechaba justamente que alguno le iba venir a perjudicar el negocio. Vaya soltando esas riendas o lo quemo.—
— Está bien, está bien, m’iba llevando el caballo, pero no es lo que usté cree.—
— Y qué es, ¿mocoepavo?—
— Me lo estaba llevando para ir al pueblo, a ver el rocanrol en el anfiteatro.—
— ¿A ver qué?—
— El rocanrol, hoy está la ‘Trosky’.—
— Pero habrá salido maricón el mozo. No le digo yo que en esa escuela agreria no le enseñan nada produtivo. Deje ya ese ejemplar, hágame el favor.
— Ta bien, ta bien, lo dejo.
Enroscó las riendas en la mano y amagó acercar el equino hacia el lugar de donde lo había retirado, pero aprovechando que tenía más velocidad de reacción que el viejo dio un salto, quedó montado y salió hacia la portera como una exhalación.
El viejo dio aviso en la casa lo más rápido que pudo y se organizó rápidamente un operativo para darle caza al ladrón.
Miró la hora en el celular, eran casi las ocho y media. Había calculado que Trotsky Vengarán no iba a subir antes de las once de la noche. Iba a llegar, si acaso, con poco margen para comprar la entrada y mandarse para el anfiteatro. El plan original incluía un cambio de ropas por el camino, para estar más a tono con el entorno, pero en esas circunstancias era riesgoso distraerse en detalles.
Calculó que lo iban a estar esperando en el camino que sale a la estación y acertó. Allí había dispuesto Eustacio Villegas Toja un piquete con orden de abrir fuego pero sin apuntar al jinete, por miedo a que pudiera resultar impactado el animal.
— Jacinto, ¿dónde dijiste que iba este malagradecido de Servando?—
— Iba para la fiesta esa del pueblo, la de la Cerveza—
— Será abombau, digale a los de Molina que lo esperen en la puerta y que lo saque del pescuezo. Que me lo traigan enterito, que yo me encargo.

  Servando esquivó el piquete metiéndose por el camino que da la cascada del Queguay, por allí cruzaron a nado alumbrados por la luna, ya bastante alta. El desvío le robó tiempo, pero sabía que iba a recuperar porque lo conocía bien de bien al Pankpero, como él mismo había bautizado al caballo más rápido de la zona, invicto en nosecuantas carreras en las que él lo había conducido. Eran uña y carne, una sola persona, un solo animal, desafiando al galope el camino polvoriento hacia las luces de la ciudad.
— Allá está Constancia, vamos a llegar bien de bien, negrito—
El zaino resoplaba pero no aminoraba la marcha, no habría forma de que su amigo se perdiese ese concierto. Pasó volando por los puentes de los San Franciscos y agarró la cortada hacia Avenida de las Américas al amparo de la oscuridad y se metió a la ciudad por la Roldán vieja. Sin nadie que lo persiga se mandó por número nueve hasta la Costanera y allí se dispuso a dejar atado en unos matorrales atrás de la planta emisora aquel caballo que desde chico había escuchado decir a Don Eustacio que iba a terminar valiendo un millón de dólares.
Desde el Anfiteatro ya se empezaban a escuchar los primeros acordes de la banda y Servando, caminando hacia la puerta tarareaba “desde el cerro... al parque Central… los muchachos… no pueden parar...”.
Pensó que ya no habría obstáculo que se interpusiera entre él y el concierto de su vida. La banda había venido muchas veces antes a Paysandú, pero siempre se le complicó para largarse desde el campo, pero ese año se había jurado que iba a estar a como diera lugar. Cuando iba ya sacando la billetera para hacer la cola en la boletería se percató de la presencia de los perros de Medina. Atinó a sacarse la boina para no facilitarles tanto y se arrimó a la ventanilla cabezagacha, llegó a pedir una para el predio y otra para el anfiteatro y sintió abajo de las costillas la punta apoyada del cuchillo.
— Vámonos, Servando, hasta aquí llegaste.—
Matías lo había conocido en la escuela agraria. Había intentado alejarse de la falopa yéndose al campo y la experiencia duró apenas tres meses, pero en ese tiempo le había enseñado a Servando mucho de lo que sabía del rocanrol, incluso algunos compases en la guitarra criolla. Era el responsable directo de que él estuviera allí, resultaba paradójico que fuese él quien lo detuviera.
— Matías, el caballo está atrás de la antena de la radio. Es todo tuyo, el patrón dice que vale mucha plata, sacalo y andate con él. Después que termine la ‘Trosky’ yo me entrego solito. Solo vos sabés lo que esto significa para mí.—
— Están todas las entradas vigiladas, vas a tener que saltar el tejido.—
El joven citadino lo miró, lo abrazó y le hizo estribo para que pudiera pasar por encima del alambrado por atrás del parque.
El caballo estaba justamente en el lugar donde le había dicho, todavía agitado por la corrida.
Se arrimó despacito y cuando lo desataba las balas los empezaron a atravesar de lado a lado. El caballo cayó primero, él se desplomó sobre el costillar y sintió el calor y el sonido de los latidos apagarse.

Por Marco Rivero - publicado en Quinto Día, suplemento de El Telégrafo.

jueves, 3 de mayo de 2018

El espía


-Todos tienen algo que ocultar, incluso John Lennon-, me dice, citando al título de aquella canción del Maraviya, cuando lo contacté para tratar de recuperar mi perrita Coker, aparentemente secuestrada (dejaron una nota por debajo de la puerta diciendo que si la quería volver a ver iba a tener que pagar 250 pesos).
Esas reflexiones escondidas que solía hacer iban bien con su aspecto de jubilado del rock and roll. Aquella chaqueta de cuero, de asombrosa versatilidad, según los accesorios con que la rodeara le permitían ser un pasivo alimentando palomas en una plaza, un taxista, un almacenero (quiosquero, carpintero... varias cosas más que terminan en “ero”, se entiende), pero también un pescador, un político barrial, en fin, lo que quisiera. Eso iba bien con su negocio: la investigación privada.
Dentro de esa campera, tan aparentemente inofensiva, el hombre escondía una multiplicidad de artilugios, tenía más herramientas que las famosas navajas suizas. En un bolsillo unos lentes con visión infrarroja y zoom óptico de 36 aumentos, con la salvedad que parecen simples lentes de leer, multifocales. También lleva colgados del cuello unos lentes comunes y silvestres, para ver de cerca. En uno de los bolsillos superiores lleva además un comunicador digital a prueba de rastreo, inmune a la detección a través de las redes Wi-Fi e irreconocible por los satélites GPS, nombre clave: Motorola C-115. -Y tengo dos más en casa en la cajita para cuando este se me rompa, cosa que dudo-, agrega sacudiendo con firmeza el dispositivo.

Foto: Andrés Franco.
 En uno de los bolsillos de abajo lleva doblada una revista de sopas de letras y autodefinidos con dos agujeros separados por la misma distancia que tiene entre sus ojos. En el otro la novela de Aurelia S. Williams Ensayo sobre la vigilancia. -Siempre conviene andar con el manual-, explica. Pensaba yo (al igual que la crítica) que ese libro en realidad no había sido de gran aporte, pero parece que en el ambiente detectivesco estaba muy bien ponderado, en fin.
Nunca supe su nombre, se negó rotundamente a mostrarme una identificación cuando tras preguntarle me evadió burdamente en tres oportunidades con Anthonio Quinn, Santiago Connery y Carlos Daniel Magnum. No insistí más.
Sin llegar a convencerme del todo de su efectividad (y a falta de mejores opciones) decidí contratarlo. Se puso los lentes de leer de cerca y me agregó en la agenda del Motorola. Me pasó un SMS que decía “Este es mi número”. Lo agregué como contacto.
En los días siguientes me fue pidiendo datos sobre el secuestro de mi perrita, pero no lo volví a ver.
Un par de días más tardes recibí una serie de mensaje de texto desde su número, con buenas noticias.
El primero decía: “Tranquilidad compadre, apareció la perra”. Luego otro que agregaba más datos: “Tuve que pagar el rescate, pero está sanita y bien comida”. La felicidad y el alivio fueron enormes en ese momento, no podía pensar en otra cosa más que volver a reunirme con mi mascota. Ahí fue que recibí el tercer SMS. “Cuando me haga usted el giro de mis honorarios la va a recibir en su casa”. Respondí pidiendo instrucciones, ya que no tenía siquiera su nombre para enviarle el dinero.
El cuarto mensaje me indicó que debía depositar en una cuenta de una red de cobranzas a nombre de Herederos de Watson “$ 4750, más los 250 que él había pagado a los secuestradores”, cosa que hice con gusto, por supuesto.
Si me preguntan cómo fue que lo contacté, les diría que no sé, fue él quien apareció en mi camino justo en el momento indicado cuando lo necesitaba. Esa misma mañana le hice el giro, por la tarde sonó el timbre y dentro de una caja de cartón corrugado estaba Marian, mi perra. A lo lejos llegué a divisar la silueta de aquel veterano barrigón de la campera de napa alejándose en su Vespa.

jueves, 19 de abril de 2018

El pueblo donde nada pasaba


Villa Carla nació con pretensiones de gran ciudad. Ya desde su fundación -por decreto- se lo presentaba como el lugar donde se iba a concentrar la riqueza de toda la zona; con sus grandes valores culturales los visitantes iban a acudir en masa a visitar sus museos y los jóvenes a formarse en sus facultades.
Todo gracias a que así lo quiso la todopoderosa voluntad política, que por aquellos días de mediados del siglo XIX decidió castigar a las rebeldes ciudades vecinas, a las que el sentimiento patriarcal la convertía en murallas a las que el renovador pensamiento progresista no lograba escalar.
Villa Carla se erigió sobre las leyendas de grupos originarios que aportarían la mística de sus culturas, referentes productivos de la nueva era, que en ancas de las nuevas tecnologías se habían convertido en los nuevos ricos y ahora eran el estandarte de “lo moderno”. Con las mejores instalaciones religiosas, educativas y deportivas que se hubieran visto jamás en el país.
Villa Carla era lo nuevo, el lugar al que todo el mundo quería ir. La fiebre de la construcción que se desató llevó a cientos de pobladores de las clases menos pudientes a buscar su lugar en el mundo en la confluencia de aquellos ríos de nombre mítico, cuyas aguas lavaron los pecados por los que en las viejas ciudades eran perseguidos, relegados y no tenían derecho a siquiera pasar por la vereda de los grandes clubes sociales. La nuevas familias de asalariados también llegaron desde el campo, para encontrar su lugar en el mundo en aquellos fraccionamientos baratos y cercanos al centro que prometían una vida más agraciada que la de la campaña.
Los comercios empezaron a aflorar con la llegada de inmigrantes que cuando preguntaban en el viejo puerto colonial por un lugar donde establecerse recibían como recomendación las coordenadas mágicas.



Pero de a poco las obras previstas se fueron completando y el viento que hacían soplar las arcas gubernamentales fue amainando, era el turno que la incipiente sociedad comenzara a remar, a navegar por sí misma.
Los capitales que llegaron hasta allí no se sentían parte de aquella organización humana, poco a poco dejaron de frecuentar sus nuevas instituciones sociales para envolverse en los de las viejas ciudades, de mayor alcurnia, en los que gozaban de menor prestigio, si, pero prefirieron ser cola de león a cabeza de ratón, y aunque todos sabían que no pertenecían a ese lugar comenzaron a hacer de cuenta que sí lo hacían.
Los pobres que llegaron del campo, que habían comprado con enorme esfuerzo sus solares en la nueva urbe, al encontrarse sin empleo luego de culminadas las grandes edificaciones no tuvieron más remedio que empezar a dividir sus propios terrenos y venderlos por fracciones más pequeñas y al final venderlo todo para comprar un espacio aún más chico en los nuevos barrios, más alejados del centro y con menos acceso a las comodidades citadinas y a los servicios que les habían prometido.
Pasó el auge comercial y los inmigrantes volvieron a convertirse en emigrantes y dejaron vacíos los enormes locales que habían construido, que ahora estaban en manos de aquellos “platatenientes” que vieron una oportunidad, pero que desconocedores del oficio de la compra-venta simplemente se limitaron a ofrecerlos en arrendamiento.
Las distancias se hicieron cada vez más grandes entre quienes tenían una estrategia de sobrevivencia rentable y quienes dependían del impulso mensual de los salarios de los trabajadores públicos.
Así el interés general por Villa Carla fue cesando, a tal punto que pasó a significar apenas un puñado de votos entre las dos ciudades viejas, tradicionales, patriarcales, con las que la dirigencia estatal se había vuelto a congraciar.
Cuando los políticos pasaban por la zona solamente paraban algunos minutos para realizar algún mero anuncio administrativo y dejar de paso alguna promesa de una futura fábrica, de capitales extranjeros, que tenían interés en instalarse. Y todo siguió transitando en enormes camiones que bordeaban la ciudad por la moderna carretera, cada vez más rota. Y dentro de la ciudad la gente siguió sobreviviendo, esperanzada en que la próxima inversión sí se iba a concretar ahí, y volvería la riqueza, la esperanza, la luz. Y mientras tanto todo permanecía casi igual, cada vez más triste.

martes, 10 de abril de 2018

Siempre tendremos Floripa


El griterío de los argentinos reclamando “decime qué se siente” en la playa de Canasvieiras solo lo lograba apagar -por instantes- sorbiendo sonoramente los últimos vestigios de una “caipi” de vodka, la última de la noche, o la primera de la mañana, como quiera verse.
Hacía ya un par de días que su excursión había partido de regreso a Paysandú, pero él eligió quedarse, al menos una semana más, al más, el resto de la vida.
¿Pueden considerarse amores de verano aquellos que empiezan un día situado antes del tramo del calendario que va del 21 de diciembre al 21 de marzo? Técnicamente la definición de estos romances obedece al calor y la brevedad más que a la estación en términos astronómicos.
La idea de unas vacaciones compartidas comenzó como un intento por sacarle el pasaporte a ese romance. Él y Luisa no llevaban más de quince días juntos cuando reservaron su pasaje ida y vuelta a la ilha mágica y como ocurre a esa altura no era tanto lo que conocían uno de otro. El tiempo juntos podría remediar eso y vaya si habría tiempo, solo en el viaje de ida fueron más de quince horas de ómnibus, algunas de ellas de mimos, besos y manos nerviosas y otras de incómodos silencios.
Ya en destino los primeros días no fueron distintos a los de Paysandú, algo más caluroso y húmedos, pero llevaderos de todos modos. Paseos, compras, playa, tragos y noche, hasta el miércoles. Ese día los diarios catarinenses especulaban sobre de la contaminación en las playas y el riesgo que ese problema podría suponer para la industria turística, la principal fuente de ingresos en el lugar. Él no pudo salir de su dormitorio en el hotel, ella asumió las tareas de la jornada, ir al súper, pasar por la farmacia a buscar algún remedio para paliar el problema digestivo de su compañero y avisar a los de recepción por si acaso luego fuera necesario algún tipo de trámite para acceder a alguna asistencia médica. Ese día no hubo playa, paseos ni compras. Ni noche, ni tragos, al menos no en pareja.


Él insistió tanto a Luisa que aprovechara el viaje, que no dejara pasar la oportunidad de salir a divertirse, que ella se sumó a un divertido grupo de jóvenes de la excursión que concurrió a una discoteca del balneario.
Se despertó con los primeros rayos de sol que permitieron pasar los agujeros de las cortinas de la ventana del apart. Estaba solo en la cama. Evidentemente Luisa logró sobrellevar la salida en solitario. A las 9:00 llamaron a la habitación para avisar que ya se podía bajar al desayuno incluido en el precio del alojamiento. Se cruzaron en la escalera. Él bajaba, Luisa subía. Un beso que le resultó más frío de lo esperado y la promesa de verse abajo, para conversar, pero se terminó la hora del desayuno y ella no bajó. Al regresar la encontró aún vestida tendida en la cama, dormida. Preparó el mate y se fue a la playa, pensando que quizás más tarde, cuando su compañera se hubiera repuesto de los efectos del alcohol podrían retomar el ritmo.
Comió algo de pescado en uno de los restaurantes sobre la playa y regresó al hotel. Para su sorpresa la llave de la habitación estaba en el tablero, Luisa había salido.
- ¿Você es el de la 203? A menina deixou esto para ti.
La recepcionista le entregó un sobre reciclado y en un trozo de una hoja arrancada de un almanaque decía: “Algo cambió en mí, perdoname”
Las del grupo con el que había ido a la discoteca le hablaron de una muchacha, posiblemente argentina, con la que Luisa había estado charlando y bebiendo y quizás hasta se fueron juntas, aunque ninguna de las de la excursión sabía más nada. La buscó, preguntó en hoteles, entre grupos de turistas argentinos, en las playas, en los hospitales, en la Policía. Nadie supo decirle nada.
Pensó que de última se iban a encontrar en el ómnibus, para volver a casa, pero por más que retuvo la partida del transporte más de dos horas Luisa no dio señales. Aceptó que no había posibilidad alguna de explicar qué había pasado, que nadie iba a creer que todo había comenzado con un virus o una bacteria, o lo que fuera que hubiese ocasionado lo que le pasó esa noche. 

Texto y foto: Marco Rivero - versión original publicada en suplemento Quinto Día de El Telégrafo.

jueves, 15 de marzo de 2018

En el corazón de las teclas


Un ojo asoma entre la “O” y la “P” y me hace una guiñada. Me quedo largo rato contemplando, tratando de entender de qué se trata. ¿Acaso un insecto? No, era un ojo humano, seguro, un ojo marrón, café con leche, diría. ¿Qué será? ¿O quién?
Me dispongo a averiguarlo y cuando me cuelo por la misma rendija veo una silueta corriendo a la altura de la “U”, la persigo y la veo girar detrás de la “T”, en dirección a la “F”, intuyendo que quizás intentaría despistarme regresando tras sus pasos corté camino por la “G” y la intercepté justo frente a la “V”.
Desconcertada la silueta buscó un sitio hacia donde escapar, pero ya no había opciones, tendría que hacerme frente.
- Disculpá, ¿por qué corrés?
- Es que se supone que no tenés que verme sino hasta la semana que viene.
- No entiendo, no te conozco, ¿o si?
- Claro, justamente, no me podés conocer hasta el momento preciso.
- No me estás explicando nada. ¿Quién sos y que hacés en mi teclado?
- Yo soy una historia.
- ¿Como una musa o o algo así?
- Je, no, no. Una historia, un cuento.
- Bueno, se ve que me pasé de Bimbas anoche…
- No, no, al contrario, esto es real, yo soy real.
- Sigo creyendo en mi teoría.
- No, tonto, es así. Estamos todos aquí, nos estamos acomodando porque como cambiaste de teclado tuvimos que mudarnos, por cierto, ¡qué cómodo está este!
- Gracias, lo elegí yo mismo. Pero quienes son “todos”.
- Todos nosotros, los personajes de tus cuentos, los protagonistas de todas las historias que “se te ocurren”.



- Perdón, ¿vos estás sugiriendo que yo no inventé esos cuentos?
- Viste ese es el problema, ahora estoy hablando demasiado…
- Si, más o menos, pero no pares, ¿quiénes están?
- Todos, todos…
- Por ejemplo, ¿vos quién vendrías a ser?
- Bueno, yo en realidad todavía no soy nadie, porque no me escribiste, ahora voy a ser una aburrida silueta que iba escapando entre las teclas, uhh, qué emoción…
- Si no te gusta…
- No, no, está bien, sigo… originalmente iba a ser una señora que le da un billete de $ 1000 a un vendedor de churros.
- Ese cuento ya salió…
- Si, ya sé, me lo perdí porque tuve que sacar licencia médica.
- Ah.
- El tema es que ahora me reintegré y estaba tratando de llamar la atención para que escribieras algo, estaba pensando que podría ser algo en una playa, aprovechando el verano, no sé tomar unos daiquiri, correr olas, aplaudir la puesta de sol…
- Que papa lo tuyo
- Bueno y capaz que le agregamos un tiburón ahí como para que tenga un poco de emoción, digo yo, voy en la tabla y rescato una niña que había arrastrado la corriente mar adentro. ¿No te gusta?
- No es muy de mi estilo…
- Aaaaaaay tu estilo, haceme el favor…
- Pará, pará, ¿qué te pasa? No te gusta lo que escribo
- Neee
- ¿Y entonces qué hacés acá?
- Bueno, en realidad es lo que me tocó, yo había pedido Gustavo Espinosa, pero como recién publicó y él se toma su tiempo, y yo necesitaba el laburo y vos sos de Treinta y Tres también y me dije ‘bueno ta, es lo que hay’.
- Serás perra
- No, no, no te voy as permitir...
- No me entendiste, vas a ser una perra, una border collie que se escapa de la casa un 24 de diciembre en medio de los cuetes y vas a vagar por las calles días y noches y no te van a encontrar, vas a tener camada tras camada de cachorros con cuanto perro suelto se te cruce y te van a apedrear y a lastimar. Vas a andar mendigando comida en las puertas de las carnicerías y peleándote con perros más grandes para defender tus huesos. Y así, mugrienta, lastimada y todo, vas a tener que ganarte el cariño de alguna familia que te adopte.
- Rencoroso…
- “Daiquiri”, así te vas a llamar, jajaja...

sábado, 10 de marzo de 2018

Crónica de un día difícil


Mariana se levantó temprano, bastante más de lo que necesitaba para llegar a tiempo de abrir la mesa de votación en la que le tocaba trabajar ese domingo. Sabía que no eran las elecciones más trascendentes de la historia pero era la primera vez que la nominaban para estar en un circuito, nada menos que de presidenta de mesa y esa responsabilidad la ponía extremadamente ansiosa.
Para Marcelo no era un día más, era el día en que iba a estrenar su credencial cívica. Por poquitos días no había podido votar en las elecciones de mayo de 2015, las últimas del último ciclo electoral. Había militado en su partido desde muy chiquito y se tomaba muy a pecho las cuestiones de la democracia: elegir a los hombres y mujeres que hablarían por él en los diferentes ámbitos del Estado. No tenían la pompa de las presidenciales ni la energía de las internas -cuando todo el mundo arranca de cero, con las ilusiones intactas- pero fue lo que le tocó para estrenar su flamante credencial y no iba a dejar pasar la oportunidad, salió con una bandera hecha con una sábana vieja con el número de su lista pintado en el centro.
Con un cargamento a cuestas de cartera, matera, una bolsita de escones caseros que había preparado la tarde anterior para compartir con los compañeros de mesa, una botella de agua mineralizada sin gas de 2 litros y medio y un taper repleto de empanadas llegó Mariana a la puerta del Centro CAIF Pequeño Solcito y ahí experimentó por primera vez la soledad. Estaba cerrado. Pensó que había llegado temprano y esperó, esperó, esperó. 15 minutos más tarde empezó a llamar a la Oficina Electoral. Nada. Ya eran las 7:25 y su circuito no estaba armado aún. Una vergüenza estrenarse así. A esa altura ya estaba el guardia con la urna y uno de los suplentes y se había formado un campamento en la vereda. A lo lejos por la bajadita del fondo de la calle apareció una mujer en bicicleta, no llegó a bajarse de la chiva, puso un pie en el cordón y preguntó — ¿Mariana Acosta quién es?
Ella, que era la única mujer en el grupo, levantó la mano y la señora con un pase de béisbol le tiró el manojo de llaves.
— No me sonó el despertador del celular. La de la lanita rosada es la que abre. A las 8 de la noche vengo. No armen relajo.
Y sin más se fue, con la chismosa colgando del manillar.
Marcelo llevaba más de una hora haciendo cola, escuchando a los que estaban delante suyo en la fila despacharse por la suspensión del fútbol, por la veda alcohólica y por la multa, porque no sabían a quién se votaba, porque no sabían para qué se votaba, porque era todo un relajo, porque termino acá y nos vamos para las termas. A él no le importaba nada lo que dijeran los demás, él sabía que era su debut electoral y nada más. Quedaban ya uno o dos votantes delante suyo y el gran momento se avecinaba. En eso sale una chiquilina del cuarto secreto advirtiendo a la mesa — Señora, no quedan listas.

 Con cara de sorprendida Mariana fue a revisar y, efectivamente, no quedaba una sola papeleta. Avisó a la Oficina Electoral y le respondieron que no le iban a mandar porque ahí no tenían y que esperara a que fueran los delegados.
Toda la energía con la que Mariana había empezado la jornada se había desvanecido antes de las 10 de la mañana. A esa altura le habían caído reproches de todos colores y hasta algún insulto de un elector que tuvo que demorar su paseo familiar por culpa de las benditas elecciones. Definitivamente ya estaba convencida de que fue una mala idea ir a ofrecerse para trabajar a cambio de unos pocos días libres.
Algunos votaron en blanco -con diferentes tipos de objetos extraños dentro del sobre- y se fueron a las termas, otros esperaron a que apareciera alguna lista solamente para darse el gusto de anular el voto y los que pudieron votar fueron los que llevaron su propia hoja, como se había recomendado en los días previos, aunque no se sabía donde conseguir algunas. Marcelo había preguntado a varios que había visto pasar con listas si no le sobraba alguna. Ya a esa altura le daba lo mismo cualquiera con tal de no votar en blanco en su primera vez.
Sobre el mediodía aparecieron los delegados y la cosa se empezó a encaminar, pero el buen ánimo no se recuperó. Marcelo pudo votar y no supo ni a quién, al que llegó primero, y se fue tan de apuro que no se llevó la constancia, ya era bastante tarde, pero quizás si el escrutinio se hubiera demorado alguien le podría remediar el problema.
Cuando llegó frente a la puerta del local estaba Mariana sentada en la puerta con las llaves en la mano.
— Disculpá, vos estabas en la mesa, ¿no? Me dejé la constancia del voto.
Mariana revisó en su cartera y entre un fajo de constancias de voto encontró la de Marcelo.
—Es que con esta locura me olvidé de entregarlas, un desastre. Encima ahora tuve que volver porque la mujer del CAIF no aparece, de la Corte la llamaron y dice que está muy borracha y que va a venir el nieto a buscar las llaves.
Marcelo se quedó conversando con Mariana, como a las dos horas llegó el nieto y se llevó las llaves y ellos se fueron juntos caminando y quién sabe, quizás después de todo el día no haya sido taaan malo.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El escritor en las sombras


Aurelia S. Williams era un fenómeno de escala internacional. Sin importar la temática, los personajes, la trama o el género sus libros rompían récord de venta uno tras otro y sumado a ello su producción era realmente prolífica, nadie antes había sido capaz de escribir tantos libros por año.
La editorial la amaba: publicar uno de sus trabajos era un negocio asegurado, tenían material todo el año, con éxito de venta asegurado y además con una mínima inversión en difusión, ya que de eso se encargaban las redes sociales y los medios, deslumbrados con aquel fenómeno.
Aurelia vivía en un pequeño pueblo y ella, en entrevistas que ofrecía a grandes cadenas internacionales de televisión y a periódicos del extranjero aseguraba que allí, en la vida tranquila, alejada de la locura del tránsito y las oficinas de la capital, radicaba su felicidad y el secreto de su éxito. Sus apariciones no eran frecuentes, se decía que no le gustaba conceder entrevistas, pero cada tanto aparecía y cautivaba audiencias.
Pese a todo entre los entendidos había unanimidad: salvo por su primera novela titulada “La revolución binacional”, que era mala, muy mala.
Santiago Lucero también vivía en esa pequeñas ciudad y era escritor, pero para nada sus libros lograban el éxito de los de Aurelia. Sus dos publicaciones fueron largamente elogiadas por la crítica, pero pocos ejemplares lograron salir de los estantes de las librerías. Eso lo condenó. Sus últimas tres elaboraciones no fueron aceptadas en ninguna editorial y ni siquiera consiguió un crédito para publicar al menos uno de los libros en una edición de autor.
Ya decidido a aceptar el fin de su breve carrera Santiago decidió darse una última chance de mostrar al mundo su valía, de enseñar a los lectores cómo se escribía; pero para eso debía llegar a sus manos, necesitaba un vehículo, y para eso no había nada mejor que hacerse pasar por Aurelia.
Las siguientes semanas Santiago las decidió a una labor casi detectivesca, se instaló en su auto frente a la enorme casona y con un largavistas trató de obtener datos que le ayudaran a convencer a la autora de prestarle su nombre para un libro. Ya dispuesto a entrar a la vivienda reparó en la atención que la escritora prestaba a su gato y la luz se encendió al instante. Debía secuestrar el gato y extorsionarla.
Como Santiago también tenía un gato conocía sus hábitos. Lo atrajo, lo sedujo, lo atrapó y huyó con el. Luego ideó un bombardeo extorsivo, al cabo del cual la mujer aceptó publicar con su nombre un libro que le llegaría por correo. La editorial lo recibió y casi sin leerlo lo mandó a imprenta. Al poco tiempo estaba en la calle el nuevo éxito de Aurelia S. Williams: “Los escritores sombreados y una nueva forma de pedir rescate”.

Las ventas fueron excepcionales, como siempre; pero esta vez la crítica fue generosa por demás en sus elogios. Aurelia S. Williams había recuperado la magia de aquella primera novela que la llevó a la fama.
Santiago acordó que devolvería al gato sano y salvo a cambio que Williams anunciara en una rueda de prensa que el último éxito no era suyo, y que en breve daría a conocer el nombre real del autor.
Lógicamente Aurelia ya había puesto al tanto a la Policía, y más temprano que tarde el extorsionista iba a terminar cayendo. De todas formas a Santiago no le importaba, porque su cometido estaba prácticamente cumplido ya, y aceptó pactar un encuentro para entregar el felis silvestris.
Cuando Santiago llegó al lugar que acordaron, con el gato asomando la cabeza por encima de la caja, los agentes del orden lo detuvieron sin ningún esfuerzo.
Al ver la escena, al apreciar a aquel hombre bonachón, indefenso, inofensivo, con su gato en brazos, Aurelia se conmovió, pidió a la policía que lo libere y les permitiera mantener una conversación.
Luego de intercambiar durante largo rato la mujer invitó a Santiago a su casa, a continuar la charla cerca de la estufa y, por qué no, hablar de negocios. Atravesaron el inmenso patio conversando de números más que de letras, de la parte que le iba a tocar a Santiago de la reciente publicación.
Apenas habían ingresado a la casa cuando la escritora de atrás de un armario sacó un rifle con el que apuntó a su colega y señalándole hacia la puerta del sótano le dijo...
— Ahora te vas a sentar allí con ellos y empezás a producir para mi próximo libro. —
Abajo, en una mesita, tres pares de ojos lo miraban desde atrás de sus máquinas de escribir.
— ¿Quienes son? —
— Ellos son Aurelia S. Williams, y vos, ahora, también. —



domingo, 24 de diciembre de 2017

Hasta la rabia


“Lo maté porque era mío”, declaró, sin bajar la vista de los ojos de la jueza, como haciendo alarde de la resistencia a la condena social a la que se había expuesto aquella tarde.
El viejo revólver calibre 38 era una reliquia de la familia, el abuelo lo había aceptado a un comisario que se lo ofreció como recuerdo cuando pasó a retiro, pero todavía funcionaba con efectividad para “bajar” los gatos del muro del fondo.
En la casa había un perro que se había puesto demasiado agresivo con los niños y con la gente que llegaba de visita. No fue culpa del animal, así fue criado, entrenado, a lo largo de su vida por Ruben, su dueño, para que sea un guardián que infunda temor a quien se aproximara a la portera con la intención de hacerse con algo que no fuera suyo. También servía para generar algún dinero extra gracias a su efectivo desempeño en las peleas.
Durante años lo picanearon, lo mantuvieron en ayuno, lo hicieron correr detrás de una moto para mejorar su resistencia y hasta alguna vez le inyectaron sustancias usadas en animales más grandes.
Con el único que no se llevaba mal era justamente con el abuelo. El anciano lo alimentaba, lo acariciaba y limpiaba sus heridas después de cada sesión de “entrenamiento”. El perro solía ser su compañero en las caminatas matutinas hasta que se volvió demasiado fuerte para que el viejo pudiera contener sus arrebatos de agresividad. Desde ese entonces salió cada vez menos a la calle y la mayor parte del tiempo la pasaba atado, a la sombra del naranjo que dominaba el patio, descansando entre sesión y sesión de tortura.
A los fondos de la casa se mudó una vez una joven familia con dos hijos pequeños, muy activos, que solían pasar las tardes de verano correteando en el patio detrás de una pelota. Las familias no se conocían, porque el único punto de contacto entre ambos era el alto muro de ladrillos enmohecido que dividía los dos patios.
El perro se enloquecía de solo escuchar las voces y las risas de los niños y el golpear de la pelota contra la pared y saltaba con tanta fuerza que tenía el pescuezo lesionado por el roce con la correa, entonces era el anciano quien le hablaba mientras le pasaba un trapo embebido en agua por encima del lomo hasta calmarlo.
Una tarde ocurrió que el viejo se indispuso y no salió de su habitación, en la casa del fondo el movimiento era mayor al habitual, era el cumpleaños de uno de los niños y habían venido varios niños más. El perro estaba más furioso que nunca.
De pronto un pelotazo imprudente terminó con la pelota por encima del muro. Varios de los niños se asomaron y al comprobar que la pelota estaba lejos del perro -que además estaba atado- decidieron ir en su busca. Cuando el primero saltó se impresionó por el tamaño del can y la potencia de sus ladridos. El animal estaba totalmente fuera de control. Desde dentro de la casa Ruben, igual de alcoholizado que de costumbre, no soportaba más el alboroto y se asomó a la puerta del patio, allí, al comprobar la imprudencia del niño tomó desde encima de la mesa una cuchilla y corrió hacia el perro, se interpuso entre él y el niño y comenzó a tirarle cuchilladas sin ningún criterio ni precisión, la última terminó con el filo incrustado entre las costillas del can, que cayó abatido. Su dueño no llegó a incorporarse del todo, cuando pretendió girar para ver al niño se escuchó desde dentro de la casa el estampido de los dos tiros que salieron por el caño del 38 para incrustarse en el torso del ser humano.


Publicado en suplemento Quinto Día de El Telégrafo. Autor: Marco Rivero.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Safari en bazar Citrönella



El sobre violeta se arrastró debajo de la puerta. Sin remitente. Me impactó el penetrante aroma a lavandas recién cosechadas que inundó toda la habitación cuando lo abrí, despegando la solapa para preservar el fino papel. Dentro, en una hoja de vid con aspecto de haber sido cortada hacía no más de unos minutos, la invitación: “Bazar Citrönella presentará sus últimas tendencias el lunes 12 a la medianoche. Paseo de Las Flores del Mal 1243. RSVP.” Detrás solo agregaba un número telefónico para obtener más información.
Intuyendo que de allí podría salir una nota interesante decidí ponerme en contacto para saber más. Llamé a ese teléfono, me atendió una operadora que ofreció derivar mi llamada a la responsable, Alicia Copani.
El asunto del encuentro, según me indicó -reafirmando lo que decía la invitación- es que Bazar Citrönella ha recibido una amplia variedad de mercadería en sector decoración y llevará a cabo una presentación en sociedad de sus últimas novedades.
“Básicamente podés encontrar todo para decorar tu casa, tu hogar; tratamos de tener siempre las últimas tendencias, siempre estamos tratando de renovarnos, que el cliente encuentre la idea que tiene, por eso hay tanta variedad de mercadería, por eso siempre tratamos de no repetir, de traer opciones y siempre estar innovando”, me dijo.
“Hoy se usa todo, desde las líneas rectas, hasta lo antiguo, mezclado con lo moderno, como que no hay una tendencia definida totalmente, hay cosas muy lindas que se adquieren a muy buen precio. También tenemos una amplia variedad en cuando a financiación, contamos con todas las tarjetas de crédito y muchos planes en cuotas sin recargo y disponemos de un servicio de asesoramiento personalizado al cliente”.

La fecha de la gran muestra llegó. Había cinco cuadras de fila para entrar, no recordaba algo así desde la vez que estuvo en la ciudad el maestro Alejandro Molina con excelentísimo show de gorilas amaestrados y esclavas sexuales con katanas en el globo de la muerte.
Gracias a mi carné de prensa pude ir directamente a la puerta e incluso ingresar antes que la muchedumbre, con la excusa de poder ver el backstage de la muestra antes que se llenara de gente.
La ambientación era magnífica. Los colores en una paleta rojiza se combinaban con destellos amarillos, anaranjados y violetas y el olor a azufre casi mareaba.
— Quizás debieran encender el aire acondicionado— mencioné a uno de los funcionarios que me miró con cara de poco interés en mi recomendación. Cuando reparé en él pude ver el excelente maquillaje que llevaba, parecía que le hubieran arrancado toda la cara en un solo corte.
Entré por una puerta tan baja que tuve que agacharme, casi no llegué a leer el letrero que rezaba encima “Abandonad toda esperanza”. Del otro lado de la puerta todo era muy oscuro, y frío, tanto que el contraste con la sala anterior me provocó un chucho. Desdoblé el cuello del saco y abroché todos los botones. La única referencia que había en aquella oscuridad absoluta era el haz de luz blanca que se colaba por una rendija e impactaba directamente en mis ojos, tanto que en poco tiempo se volvió intensa, muy intensa y me encandilaba. En el aire no había olor a nada. La voz, tan grave como pocas veces escuché me habló directamente a mí.
— Acercate a la luz para conocer nuestras novedades—
Un poco de miedo sentí en aquel instante. Perdido por perdido caminé hace la luz blanca, en pocos metros ya no veía, no podía cerrar los ojos, la sequedad en los párpados era desesperante. Ya no tenía frío, tenía miedo, mucho miedo, sentía mi ojos rojos encendidos y la cabeza se me partía. — No puedo más, ¡no puedo seguir!—
La luz se apagó y comenzó a soplar una brisa verde, floral, los aromas a fruta trajeron consigo la humedad necesaria para que mis ojos empezaran a normalizar su función.
— Sáquese los zapatos— me susurró al oído la voz de una joven. Le hice caso y sentí en las plantas de mis pies el césped más suave que jamás hubiera imaginado, sus hebras eran tan frágiles que parecían algodón, que no tuviera nervaduras ni tallos. Cuando normalicé la visión a lo lejos se perdían en el horizonte las manadas de elefantes rosados, las jirafas enanas blancas se estiraban para tratar de alcanzar las hojas de un níspero y los tero teros rojos me miraban sin gritar, pero haciéndome sentir sospechoso de algo.
Sentí que algo se posaba sobre mi hombro y al volverme descubrí al alado unicornio azul. Allí estaba, el colmo de la elegancia, un animal tan puro que solo tomar de su sangre redime de sus pecados al más canalla.
— Súbase, la doncella lo espera— me dijo, y nos perdimos para siempre en aquella cabalgata eterna en busca del amor perfecto para nunca más volver.

Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre Brasil y Uruguay para evitar migración “vermelha” desde Cuba y Venezuela

BOLSONARO FIRMARÍA DECRETO POCO DESPUÉS DE ASUMIR Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre  Brasil  y  Uruguay pa...