jueves, 19 de abril de 2018

El pueblo donde nada pasaba


Villa Carla nació con pretensiones de gran ciudad. Ya desde su fundación -por decreto- se lo presentaba como el lugar donde se iba a concentrar la riqueza de toda la zona; con sus grandes valores culturales los visitantes iban a acudir en masa a visitar sus museos y los jóvenes a formarse en sus facultades.
Todo gracias a que así lo quiso la todopoderosa voluntad política, que por aquellos días de mediados del siglo XIX decidió castigar a las rebeldes ciudades vecinas, a las que el sentimiento patriarcal la convertía en murallas a las que el renovador pensamiento progresista no lograba escalar.
Villa Carla se erigió sobre las leyendas de grupos originarios que aportarían la mística de sus culturas, referentes productivos de la nueva era, que en ancas de las nuevas tecnologías se habían convertido en los nuevos ricos y ahora eran el estandarte de “lo moderno”. Con las mejores instalaciones religiosas, educativas y deportivas que se hubieran visto jamás en el país.
Villa Carla era lo nuevo, el lugar al que todo el mundo quería ir. La fiebre de la construcción que se desató llevó a cientos de pobladores de las clases menos pudientes a buscar su lugar en el mundo en la confluencia de aquellos ríos de nombre mítico, cuyas aguas lavaron los pecados por los que en las viejas ciudades eran perseguidos, relegados y no tenían derecho a siquiera pasar por la vereda de los grandes clubes sociales. La nuevas familias de asalariados también llegaron desde el campo, para encontrar su lugar en el mundo en aquellos fraccionamientos baratos y cercanos al centro que prometían una vida más agraciada que la de la campaña.
Los comercios empezaron a aflorar con la llegada de inmigrantes que cuando preguntaban en el viejo puerto colonial por un lugar donde establecerse recibían como recomendación las coordenadas mágicas.



Pero de a poco las obras previstas se fueron completando y el viento que hacían soplar las arcas gubernamentales fue amainando, era el turno que la incipiente sociedad comenzara a remar, a navegar por sí misma.
Los capitales que llegaron hasta allí no se sentían parte de aquella organización humana, poco a poco dejaron de frecuentar sus nuevas instituciones sociales para envolverse en los de las viejas ciudades, de mayor alcurnia, en los que gozaban de menor prestigio, si, pero prefirieron ser cola de león a cabeza de ratón, y aunque todos sabían que no pertenecían a ese lugar comenzaron a hacer de cuenta que sí lo hacían.
Los pobres que llegaron del campo, que habían comprado con enorme esfuerzo sus solares en la nueva urbe, al encontrarse sin empleo luego de culminadas las grandes edificaciones no tuvieron más remedio que empezar a dividir sus propios terrenos y venderlos por fracciones más pequeñas y al final venderlo todo para comprar un espacio aún más chico en los nuevos barrios, más alejados del centro y con menos acceso a las comodidades citadinas y a los servicios que les habían prometido.
Pasó el auge comercial y los inmigrantes volvieron a convertirse en emigrantes y dejaron vacíos los enormes locales que habían construido, que ahora estaban en manos de aquellos “platatenientes” que vieron una oportunidad, pero que desconocedores del oficio de la compra-venta simplemente se limitaron a ofrecerlos en arrendamiento.
Las distancias se hicieron cada vez más grandes entre quienes tenían una estrategia de sobrevivencia rentable y quienes dependían del impulso mensual de los salarios de los trabajadores públicos.
Así el interés general por Villa Carla fue cesando, a tal punto que pasó a significar apenas un puñado de votos entre las dos ciudades viejas, tradicionales, patriarcales, con las que la dirigencia estatal se había vuelto a congraciar.
Cuando los políticos pasaban por la zona solamente paraban algunos minutos para realizar algún mero anuncio administrativo y dejar de paso alguna promesa de una futura fábrica, de capitales extranjeros, que tenían interés en instalarse. Y todo siguió transitando en enormes camiones que bordeaban la ciudad por la moderna carretera, cada vez más rota. Y dentro de la ciudad la gente siguió sobreviviendo, esperanzada en que la próxima inversión sí se iba a concretar ahí, y volvería la riqueza, la esperanza, la luz. Y mientras tanto todo permanecía casi igual, cada vez más triste.

martes, 10 de abril de 2018

Siempre tendremos Floripa


El griterío de los argentinos reclamando “decime qué se siente” en la playa de Canasvieiras solo lo lograba apagar -por instantes- sorbiendo sonoramente los últimos vestigios de una “caipi” de vodka, la última de la noche, o la primera de la mañana, como quiera verse.
Hacía ya un par de días que su excursión había partido de regreso a Paysandú, pero él eligió quedarse, al menos una semana más, al más, el resto de la vida.
¿Pueden considerarse amores de verano aquellos que empiezan un día situado antes del tramo del calendario que va del 21 de diciembre al 21 de marzo? Técnicamente la definición de estos romances obedece al calor y la brevedad más que a la estación en términos astronómicos.
La idea de unas vacaciones compartidas comenzó como un intento por sacarle el pasaporte a ese romance. Él y Luisa no llevaban más de quince días juntos cuando reservaron su pasaje ida y vuelta a la ilha mágica y como ocurre a esa altura no era tanto lo que conocían uno de otro. El tiempo juntos podría remediar eso y vaya si habría tiempo, solo en el viaje de ida fueron más de quince horas de ómnibus, algunas de ellas de mimos, besos y manos nerviosas y otras de incómodos silencios.
Ya en destino los primeros días no fueron distintos a los de Paysandú, algo más caluroso y húmedos, pero llevaderos de todos modos. Paseos, compras, playa, tragos y noche, hasta el miércoles. Ese día los diarios catarinenses especulaban sobre de la contaminación en las playas y el riesgo que ese problema podría suponer para la industria turística, la principal fuente de ingresos en el lugar. Él no pudo salir de su dormitorio en el hotel, ella asumió las tareas de la jornada, ir al súper, pasar por la farmacia a buscar algún remedio para paliar el problema digestivo de su compañero y avisar a los de recepción por si acaso luego fuera necesario algún tipo de trámite para acceder a alguna asistencia médica. Ese día no hubo playa, paseos ni compras. Ni noche, ni tragos, al menos no en pareja.


Él insistió tanto a Luisa que aprovechara el viaje, que no dejara pasar la oportunidad de salir a divertirse, que ella se sumó a un divertido grupo de jóvenes de la excursión que concurrió a una discoteca del balneario.
Se despertó con los primeros rayos de sol que permitieron pasar los agujeros de las cortinas de la ventana del apart. Estaba solo en la cama. Evidentemente Luisa logró sobrellevar la salida en solitario. A las 9:00 llamaron a la habitación para avisar que ya se podía bajar al desayuno incluido en el precio del alojamiento. Se cruzaron en la escalera. Él bajaba, Luisa subía. Un beso que le resultó más frío de lo esperado y la promesa de verse abajo, para conversar, pero se terminó la hora del desayuno y ella no bajó. Al regresar la encontró aún vestida tendida en la cama, dormida. Preparó el mate y se fue a la playa, pensando que quizás más tarde, cuando su compañera se hubiera repuesto de los efectos del alcohol podrían retomar el ritmo.
Comió algo de pescado en uno de los restaurantes sobre la playa y regresó al hotel. Para su sorpresa la llave de la habitación estaba en el tablero, Luisa había salido.
- ¿Você es el de la 203? A menina deixou esto para ti.
La recepcionista le entregó un sobre reciclado y en un trozo de una hoja arrancada de un almanaque decía: “Algo cambió en mí, perdoname”
Las del grupo con el que había ido a la discoteca le hablaron de una muchacha, posiblemente argentina, con la que Luisa había estado charlando y bebiendo y quizás hasta se fueron juntas, aunque ninguna de las de la excursión sabía más nada. La buscó, preguntó en hoteles, entre grupos de turistas argentinos, en las playas, en los hospitales, en la Policía. Nadie supo decirle nada.
Pensó que de última se iban a encontrar en el ómnibus, para volver a casa, pero por más que retuvo la partida del transporte más de dos horas Luisa no dio señales. Aceptó que no había posibilidad alguna de explicar qué había pasado, que nadie iba a creer que todo había comenzado con un virus o una bacteria, o lo que fuera que hubiese ocasionado lo que le pasó esa noche. 

Texto y foto: Marco Rivero - versión original publicada en suplemento Quinto Día de El Telégrafo.

jueves, 15 de marzo de 2018

En el corazón de las teclas


Un ojo asoma entre la “O” y la “P” y me hace una guiñada. Me quedo largo rato contemplando, tratando de entender de qué se trata. ¿Acaso un insecto? No, era un ojo humano, seguro, un ojo marrón, café con leche, diría. ¿Qué será? ¿O quién?
Me dispongo a averiguarlo y cuando me cuelo por la misma rendija veo una silueta corriendo a la altura de la “U”, la persigo y la veo girar detrás de la “T”, en dirección a la “F”, intuyendo que quizás intentaría despistarme regresando tras sus pasos corté camino por la “G” y la intercepté justo frente a la “V”.
Desconcertada la silueta buscó un sitio hacia donde escapar, pero ya no había opciones, tendría que hacerme frente.
- Disculpá, ¿por qué corrés?
- Es que se supone que no tenés que verme sino hasta la semana que viene.
- No entiendo, no te conozco, ¿o si?
- Claro, justamente, no me podés conocer hasta el momento preciso.
- No me estás explicando nada. ¿Quién sos y que hacés en mi teclado?
- Yo soy una historia.
- ¿Como una musa o o algo así?
- Je, no, no. Una historia, un cuento.
- Bueno, se ve que me pasé de Bimbas anoche…
- No, no, al contrario, esto es real, yo soy real.
- Sigo creyendo en mi teoría.
- No, tonto, es así. Estamos todos aquí, nos estamos acomodando porque como cambiaste de teclado tuvimos que mudarnos, por cierto, ¡qué cómodo está este!
- Gracias, lo elegí yo mismo. Pero quienes son “todos”.
- Todos nosotros, los personajes de tus cuentos, los protagonistas de todas las historias que “se te ocurren”.



- Perdón, ¿vos estás sugiriendo que yo no inventé esos cuentos?
- Viste ese es el problema, ahora estoy hablando demasiado…
- Si, más o menos, pero no pares, ¿quiénes están?
- Todos, todos…
- Por ejemplo, ¿vos quién vendrías a ser?
- Bueno, yo en realidad todavía no soy nadie, porque no me escribiste, ahora voy a ser una aburrida silueta que iba escapando entre las teclas, uhh, qué emoción…
- Si no te gusta…
- No, no, está bien, sigo… originalmente iba a ser una señora que le da un billete de $ 1000 a un vendedor de churros.
- Ese cuento ya salió…
- Si, ya sé, me lo perdí porque tuve que sacar licencia médica.
- Ah.
- El tema es que ahora me reintegré y estaba tratando de llamar la atención para que escribieras algo, estaba pensando que podría ser algo en una playa, aprovechando el verano, no sé tomar unos daiquiri, correr olas, aplaudir la puesta de sol…
- Que papa lo tuyo
- Bueno y capaz que le agregamos un tiburón ahí como para que tenga un poco de emoción, digo yo, voy en la tabla y rescato una niña que había arrastrado la corriente mar adentro. ¿No te gusta?
- No es muy de mi estilo…
- Aaaaaaay tu estilo, haceme el favor…
- Pará, pará, ¿qué te pasa? No te gusta lo que escribo
- Neee
- ¿Y entonces qué hacés acá?
- Bueno, en realidad es lo que me tocó, yo había pedido Gustavo Espinosa, pero como recién publicó y él se toma su tiempo, y yo necesitaba el laburo y vos sos de Treinta y Tres también y me dije ‘bueno ta, es lo que hay’.
- Serás perra
- No, no, no te voy as permitir...
- No me entendiste, vas a ser una perra, una border collie que se escapa de la casa un 24 de diciembre en medio de los cuetes y vas a vagar por las calles días y noches y no te van a encontrar, vas a tener camada tras camada de cachorros con cuanto perro suelto se te cruce y te van a apedrear y a lastimar. Vas a andar mendigando comida en las puertas de las carnicerías y peleándote con perros más grandes para defender tus huesos. Y así, mugrienta, lastimada y todo, vas a tener que ganarte el cariño de alguna familia que te adopte.
- Rencoroso…
- “Daiquiri”, así te vas a llamar, jajaja...

sábado, 10 de marzo de 2018

Crónica de un día difícil


Mariana se levantó temprano, bastante más de lo que necesitaba para llegar a tiempo de abrir la mesa de votación en la que le tocaba trabajar ese domingo. Sabía que no eran las elecciones más trascendentes de la historia pero era la primera vez que la nominaban para estar en un circuito, nada menos que de presidenta de mesa y esa responsabilidad la ponía extremadamente ansiosa.
Para Marcelo no era un día más, era el día en que iba a estrenar su credencial cívica. Por poquitos días no había podido votar en las elecciones de mayo de 2015, las últimas del último ciclo electoral. Había militado en su partido desde muy chiquito y se tomaba muy a pecho las cuestiones de la democracia: elegir a los hombres y mujeres que hablarían por él en los diferentes ámbitos del Estado. No tenían la pompa de las presidenciales ni la energía de las internas -cuando todo el mundo arranca de cero, con las ilusiones intactas- pero fue lo que le tocó para estrenar su flamante credencial y no iba a dejar pasar la oportunidad, salió con una bandera hecha con una sábana vieja con el número de su lista pintado en el centro.
Con un cargamento a cuestas de cartera, matera, una bolsita de escones caseros que había preparado la tarde anterior para compartir con los compañeros de mesa, una botella de agua mineralizada sin gas de 2 litros y medio y un taper repleto de empanadas llegó Mariana a la puerta del Centro CAIF Pequeño Solcito y ahí experimentó por primera vez la soledad. Estaba cerrado. Pensó que había llegado temprano y esperó, esperó, esperó. 15 minutos más tarde empezó a llamar a la Oficina Electoral. Nada. Ya eran las 7:25 y su circuito no estaba armado aún. Una vergüenza estrenarse así. A esa altura ya estaba el guardia con la urna y uno de los suplentes y se había formado un campamento en la vereda. A lo lejos por la bajadita del fondo de la calle apareció una mujer en bicicleta, no llegó a bajarse de la chiva, puso un pie en el cordón y preguntó — ¿Mariana Acosta quién es?
Ella, que era la única mujer en el grupo, levantó la mano y la señora con un pase de béisbol le tiró el manojo de llaves.
— No me sonó el despertador del celular. La de la lanita rosada es la que abre. A las 8 de la noche vengo. No armen relajo.
Y sin más se fue, con la chismosa colgando del manillar.
Marcelo llevaba más de una hora haciendo cola, escuchando a los que estaban delante suyo en la fila despacharse por la suspensión del fútbol, por la veda alcohólica y por la multa, porque no sabían a quién se votaba, porque no sabían para qué se votaba, porque era todo un relajo, porque termino acá y nos vamos para las termas. A él no le importaba nada lo que dijeran los demás, él sabía que era su debut electoral y nada más. Quedaban ya uno o dos votantes delante suyo y el gran momento se avecinaba. En eso sale una chiquilina del cuarto secreto advirtiendo a la mesa — Señora, no quedan listas.

 Con cara de sorprendida Mariana fue a revisar y, efectivamente, no quedaba una sola papeleta. Avisó a la Oficina Electoral y le respondieron que no le iban a mandar porque ahí no tenían y que esperara a que fueran los delegados.
Toda la energía con la que Mariana había empezado la jornada se había desvanecido antes de las 10 de la mañana. A esa altura le habían caído reproches de todos colores y hasta algún insulto de un elector que tuvo que demorar su paseo familiar por culpa de las benditas elecciones. Definitivamente ya estaba convencida de que fue una mala idea ir a ofrecerse para trabajar a cambio de unos pocos días libres.
Algunos votaron en blanco -con diferentes tipos de objetos extraños dentro del sobre- y se fueron a las termas, otros esperaron a que apareciera alguna lista solamente para darse el gusto de anular el voto y los que pudieron votar fueron los que llevaron su propia hoja, como se había recomendado en los días previos, aunque no se sabía donde conseguir algunas. Marcelo había preguntado a varios que había visto pasar con listas si no le sobraba alguna. Ya a esa altura le daba lo mismo cualquiera con tal de no votar en blanco en su primera vez.
Sobre el mediodía aparecieron los delegados y la cosa se empezó a encaminar, pero el buen ánimo no se recuperó. Marcelo pudo votar y no supo ni a quién, al que llegó primero, y se fue tan de apuro que no se llevó la constancia, ya era bastante tarde, pero quizás si el escrutinio se hubiera demorado alguien le podría remediar el problema.
Cuando llegó frente a la puerta del local estaba Mariana sentada en la puerta con las llaves en la mano.
— Disculpá, vos estabas en la mesa, ¿no? Me dejé la constancia del voto.
Mariana revisó en su cartera y entre un fajo de constancias de voto encontró la de Marcelo.
—Es que con esta locura me olvidé de entregarlas, un desastre. Encima ahora tuve que volver porque la mujer del CAIF no aparece, de la Corte la llamaron y dice que está muy borracha y que va a venir el nieto a buscar las llaves.
Marcelo se quedó conversando con Mariana, como a las dos horas llegó el nieto y se llevó las llaves y ellos se fueron juntos caminando y quién sabe, quizás después de todo el día no haya sido taaan malo.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El escritor en las sombras


Aurelia S. Williams era un fenómeno de escala internacional. Sin importar la temática, los personajes, la trama o el género sus libros rompían récord de venta uno tras otro y sumado a ello su producción era realmente prolífica, nadie antes había sido capaz de escribir tantos libros por año.
La editorial la amaba: publicar uno de sus trabajos era un negocio asegurado, tenían material todo el año, con éxito de venta asegurado y además con una mínima inversión en difusión, ya que de eso se encargaban las redes sociales y los medios, deslumbrados con aquel fenómeno.
Aurelia vivía en un pequeño pueblo y ella, en entrevistas que ofrecía a grandes cadenas internacionales de televisión y a periódicos del extranjero aseguraba que allí, en la vida tranquila, alejada de la locura del tránsito y las oficinas de la capital, radicaba su felicidad y el secreto de su éxito. Sus apariciones no eran frecuentes, se decía que no le gustaba conceder entrevistas, pero cada tanto aparecía y cautivaba audiencias.
Pese a todo entre los entendidos había unanimidad: salvo por su primera novela titulada “La revolución binacional”, que era mala, muy mala.
Santiago Lucero también vivía en esa pequeñas ciudad y era escritor, pero para nada sus libros lograban el éxito de los de Aurelia. Sus dos publicaciones fueron largamente elogiadas por la crítica, pero pocos ejemplares lograron salir de los estantes de las librerías. Eso lo condenó. Sus últimas tres elaboraciones no fueron aceptadas en ninguna editorial y ni siquiera consiguió un crédito para publicar al menos uno de los libros en una edición de autor.
Ya decidido a aceptar el fin de su breve carrera Santiago decidió darse una última chance de mostrar al mundo su valía, de enseñar a los lectores cómo se escribía; pero para eso debía llegar a sus manos, necesitaba un vehículo, y para eso no había nada mejor que hacerse pasar por Aurelia.
Las siguientes semanas Santiago las decidió a una labor casi detectivesca, se instaló en su auto frente a la enorme casona y con un largavistas trató de obtener datos que le ayudaran a convencer a la autora de prestarle su nombre para un libro. Ya dispuesto a entrar a la vivienda reparó en la atención que la escritora prestaba a su gato y la luz se encendió al instante. Debía secuestrar el gato y extorsionarla.
Como Santiago también tenía un gato conocía sus hábitos. Lo atrajo, lo sedujo, lo atrapó y huyó con el. Luego ideó un bombardeo extorsivo, al cabo del cual la mujer aceptó publicar con su nombre un libro que le llegaría por correo. La editorial lo recibió y casi sin leerlo lo mandó a imprenta. Al poco tiempo estaba en la calle el nuevo éxito de Aurelia S. Williams: “Los escritores sombreados y una nueva forma de pedir rescate”.

Las ventas fueron excepcionales, como siempre; pero esta vez la crítica fue generosa por demás en sus elogios. Aurelia S. Williams había recuperado la magia de aquella primera novela que la llevó a la fama.
Santiago acordó que devolvería al gato sano y salvo a cambio que Williams anunciara en una rueda de prensa que el último éxito no era suyo, y que en breve daría a conocer el nombre real del autor.
Lógicamente Aurelia ya había puesto al tanto a la Policía, y más temprano que tarde el extorsionista iba a terminar cayendo. De todas formas a Santiago no le importaba, porque su cometido estaba prácticamente cumplido ya, y aceptó pactar un encuentro para entregar el felis silvestris.
Cuando Santiago llegó al lugar que acordaron, con el gato asomando la cabeza por encima de la caja, los agentes del orden lo detuvieron sin ningún esfuerzo.
Al ver la escena, al apreciar a aquel hombre bonachón, indefenso, inofensivo, con su gato en brazos, Aurelia se conmovió, pidió a la policía que lo libere y les permitiera mantener una conversación.
Luego de intercambiar durante largo rato la mujer invitó a Santiago a su casa, a continuar la charla cerca de la estufa y, por qué no, hablar de negocios. Atravesaron el inmenso patio conversando de números más que de letras, de la parte que le iba a tocar a Santiago de la reciente publicación.
Apenas habían ingresado a la casa cuando la escritora de atrás de un armario sacó un rifle con el que apuntó a su colega y señalándole hacia la puerta del sótano le dijo...
— Ahora te vas a sentar allí con ellos y empezás a producir para mi próximo libro. —
Abajo, en una mesita, tres pares de ojos lo miraban desde atrás de sus máquinas de escribir.
— ¿Quienes son? —
— Ellos son Aurelia S. Williams, y vos, ahora, también. —



domingo, 24 de diciembre de 2017

Hasta la rabia


“Lo maté porque era mío”, declaró, sin bajar la vista de los ojos de la jueza, como haciendo alarde de la resistencia a la condena social a la que se había expuesto aquella tarde.
El viejo revólver calibre 38 era una reliquia de la familia, el abuelo lo había aceptado a un comisario que se lo ofreció como recuerdo cuando pasó a retiro, pero todavía funcionaba con efectividad para “bajar” los gatos del muro del fondo.
En la casa había un perro que se había puesto demasiado agresivo con los niños y con la gente que llegaba de visita. No fue culpa del animal, así fue criado, entrenado, a lo largo de su vida por Ruben, su dueño, para que sea un guardián que infunda temor a quien se aproximara a la portera con la intención de hacerse con algo que no fuera suyo. También servía para generar algún dinero extra gracias a su efectivo desempeño en las peleas.
Durante años lo picanearon, lo mantuvieron en ayuno, lo hicieron correr detrás de una moto para mejorar su resistencia y hasta alguna vez le inyectaron sustancias usadas en animales más grandes.
Con el único que no se llevaba mal era justamente con el abuelo. El anciano lo alimentaba, lo acariciaba y limpiaba sus heridas después de cada sesión de “entrenamiento”. El perro solía ser su compañero en las caminatas matutinas hasta que se volvió demasiado fuerte para que el viejo pudiera contener sus arrebatos de agresividad. Desde ese entonces salió cada vez menos a la calle y la mayor parte del tiempo la pasaba atado, a la sombra del naranjo que dominaba el patio, descansando entre sesión y sesión de tortura.
A los fondos de la casa se mudó una vez una joven familia con dos hijos pequeños, muy activos, que solían pasar las tardes de verano correteando en el patio detrás de una pelota. Las familias no se conocían, porque el único punto de contacto entre ambos era el alto muro de ladrillos enmohecido que dividía los dos patios.
El perro se enloquecía de solo escuchar las voces y las risas de los niños y el golpear de la pelota contra la pared y saltaba con tanta fuerza que tenía el pescuezo lesionado por el roce con la correa, entonces era el anciano quien le hablaba mientras le pasaba un trapo embebido en agua por encima del lomo hasta calmarlo.
Una tarde ocurrió que el viejo se indispuso y no salió de su habitación, en la casa del fondo el movimiento era mayor al habitual, era el cumpleaños de uno de los niños y habían venido varios niños más. El perro estaba más furioso que nunca.
De pronto un pelotazo imprudente terminó con la pelota por encima del muro. Varios de los niños se asomaron y al comprobar que la pelota estaba lejos del perro -que además estaba atado- decidieron ir en su busca. Cuando el primero saltó se impresionó por el tamaño del can y la potencia de sus ladridos. El animal estaba totalmente fuera de control. Desde dentro de la casa Ruben, igual de alcoholizado que de costumbre, no soportaba más el alboroto y se asomó a la puerta del patio, allí, al comprobar la imprudencia del niño tomó desde encima de la mesa una cuchilla y corrió hacia el perro, se interpuso entre él y el niño y comenzó a tirarle cuchilladas sin ningún criterio ni precisión, la última terminó con el filo incrustado entre las costillas del can, que cayó abatido. Su dueño no llegó a incorporarse del todo, cuando pretendió girar para ver al niño se escuchó desde dentro de la casa el estampido de los dos tiros que salieron por el caño del 38 para incrustarse en el torso del ser humano.


Publicado en suplemento Quinto Día de El Telégrafo. Autor: Marco Rivero.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Safari en bazar Citrönella



El sobre violeta se arrastró debajo de la puerta. Sin remitente. Me impactó el penetrante aroma a lavandas recién cosechadas que inundó toda la habitación cuando lo abrí, despegando la solapa para preservar el fino papel. Dentro, en una hoja de vid con aspecto de haber sido cortada hacía no más de unos minutos, la invitación: “Bazar Citrönella presentará sus últimas tendencias el lunes 12 a la medianoche. Paseo de Las Flores del Mal 1243. RSVP.” Detrás solo agregaba un número telefónico para obtener más información.
Intuyendo que de allí podría salir una nota interesante decidí ponerme en contacto para saber más. Llamé a ese teléfono, me atendió una operadora que ofreció derivar mi llamada a la responsable, Alicia Copani.
El asunto del encuentro, según me indicó -reafirmando lo que decía la invitación- es que Bazar Citrönella ha recibido una amplia variedad de mercadería en sector decoración y llevará a cabo una presentación en sociedad de sus últimas novedades.
“Básicamente podés encontrar todo para decorar tu casa, tu hogar; tratamos de tener siempre las últimas tendencias, siempre estamos tratando de renovarnos, que el cliente encuentre la idea que tiene, por eso hay tanta variedad de mercadería, por eso siempre tratamos de no repetir, de traer opciones y siempre estar innovando”, me dijo.
“Hoy se usa todo, desde las líneas rectas, hasta lo antiguo, mezclado con lo moderno, como que no hay una tendencia definida totalmente, hay cosas muy lindas que se adquieren a muy buen precio. También tenemos una amplia variedad en cuando a financiación, contamos con todas las tarjetas de crédito y muchos planes en cuotas sin recargo y disponemos de un servicio de asesoramiento personalizado al cliente”.

La fecha de la gran muestra llegó. Había cinco cuadras de fila para entrar, no recordaba algo así desde la vez que estuvo en la ciudad el maestro Alejandro Molina con excelentísimo show de gorilas amaestrados y esclavas sexuales con katanas en el globo de la muerte.
Gracias a mi carné de prensa pude ir directamente a la puerta e incluso ingresar antes que la muchedumbre, con la excusa de poder ver el backstage de la muestra antes que se llenara de gente.
La ambientación era magnífica. Los colores en una paleta rojiza se combinaban con destellos amarillos, anaranjados y violetas y el olor a azufre casi mareaba.
— Quizás debieran encender el aire acondicionado— mencioné a uno de los funcionarios que me miró con cara de poco interés en mi recomendación. Cuando reparé en él pude ver el excelente maquillaje que llevaba, parecía que le hubieran arrancado toda la cara en un solo corte.
Entré por una puerta tan baja que tuve que agacharme, casi no llegué a leer el letrero que rezaba encima “Abandonad toda esperanza”. Del otro lado de la puerta todo era muy oscuro, y frío, tanto que el contraste con la sala anterior me provocó un chucho. Desdoblé el cuello del saco y abroché todos los botones. La única referencia que había en aquella oscuridad absoluta era el haz de luz blanca que se colaba por una rendija e impactaba directamente en mis ojos, tanto que en poco tiempo se volvió intensa, muy intensa y me encandilaba. En el aire no había olor a nada. La voz, tan grave como pocas veces escuché me habló directamente a mí.
— Acercate a la luz para conocer nuestras novedades—
Un poco de miedo sentí en aquel instante. Perdido por perdido caminé hace la luz blanca, en pocos metros ya no veía, no podía cerrar los ojos, la sequedad en los párpados era desesperante. Ya no tenía frío, tenía miedo, mucho miedo, sentía mi ojos rojos encendidos y la cabeza se me partía. — No puedo más, ¡no puedo seguir!—
La luz se apagó y comenzó a soplar una brisa verde, floral, los aromas a fruta trajeron consigo la humedad necesaria para que mis ojos empezaran a normalizar su función.
— Sáquese los zapatos— me susurró al oído la voz de una joven. Le hice caso y sentí en las plantas de mis pies el césped más suave que jamás hubiera imaginado, sus hebras eran tan frágiles que parecían algodón, que no tuviera nervaduras ni tallos. Cuando normalicé la visión a lo lejos se perdían en el horizonte las manadas de elefantes rosados, las jirafas enanas blancas se estiraban para tratar de alcanzar las hojas de un níspero y los tero teros rojos me miraban sin gritar, pero haciéndome sentir sospechoso de algo.
Sentí que algo se posaba sobre mi hombro y al volverme descubrí al alado unicornio azul. Allí estaba, el colmo de la elegancia, un animal tan puro que solo tomar de su sangre redime de sus pecados al más canalla.
— Súbase, la doncella lo espera— me dijo, y nos perdimos para siempre en aquella cabalgata eterna en busca del amor perfecto para nunca más volver.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Desconexión imposible


Perder el celular es hoy asimilable a que te extirpen un órgano fundamental, con la diferencia que se puede solucionar simplemente concurriendo a la tienda oficial de alguna de las telefónicas a comprar otro. Pero durante el rato en que uno se percata del faltante del elemento en cuestión y lo que demora en hacerse de otro y volver a activarlo con todo lo que uno tenía adentro del primero, el ser humano puede llegar a sentirse en la más plena soledad, en la aislación total, una situación que -como nos enseñaron en la escuela (al menos a mí sí)- no es propia de la especie. Paradójicamente una persona puede estar en un país extranjero y sentirse cerca, o en la misma ciudad donde vive sintiéndose como si fuese el llanero solitario, en función de si lleva consigo o no el aparatito personal. Además, como todos sabemos, existe una serie de normas básicas que pautan el funcionamiento universal, que todos conocemos como Leyes de Murphy, y que nos predisponen a pensar que justo en esos tres cuartos de hora que demoremos en reactivar nuestro cerebro accesorio puede estar ocurriendo un ataque marciano, decretándose la reincorporación del país a las Provincias Unidas del Río de la Plata o divorciándose el presidente de la República, sin que uno se entere. También pueden ocurrir otras cosas trascendentes como un accidente doméstico, o que una prima saque el cinco de oro, por más que sea lunes y sean las 2 de la tarde.
Angélica decidió darle una vuelta al asunto. A partir de la pérdida del teléfono asumió que de ahora en más viviría sin celular, no sin Facebook, ni Twitter, pero sin la posibilidad de tenerlos a mano para estar pendientes de ellos constantemente, y si acaso se llegara a derribar el límite en el río Uruguay, nos invadieran Los Enanitos Verdes saltando la muralla y la primera familia de la patria se rompiera, bueno, ya se iría a enterar en su momento, porque igual las redes sociales no estás compuestas mayoritariamente por ese tipo de noticias sino que más bien uno termina enterándose de problemas familiares ajenos, de deudas impagas, de fugaces romances prohibidos y mordaces traiciones. En los planes todo estaría bien solo que un poco más lento y eso, para Angélica, no estaba nada mal.

Foto: Andrés Franco.
 La realidad, por su parte, se encarga de demostrar que hay cosas que llegaron para quedarse, y así como una vez los eslabones perdidos de Darwin entendieron que la vida en comunidad traía más beneficios que pérdidas de intimidad, le tocaría a Angélica descubrir que la sociedad no te permite desconectarte y pretender seguir conectado. No hay término medio, o conmigo o sin mí y mis pedidos de que me cuentes qué tal resultó tu experiencia en la bizcochería, así le avisamos a otros usuarios.
Ya el primer golpe fue devastador, directo al corazón familiar. Las maestras de los nenes organizan la vida escolar por grupos de Whatsapp. El día del golero te vas a desconectar…
Pese a ello y muy a pesar del resto de las mamás y papás, que no tenían las mismas reservas respecto a la invasión tecnológica y que la escuchaban como si estuviese hablando de palomas mensajeras, nuestra heroína logró transar con la maestra que los mismos comunicados los enviara por correo electrónico, que la docente podía despachar desde el mismo aparato mediante una simple acción de copiar/pegar. La educadora sistemáticamente se olvidó de hacerlo y Angélica cedió terreno, volvió a tomar el celular, pero solamente a efectos de mantenerse al tanto del devenir de la vida escolar de sus retoños de las nuevas rifas de la Comisión Fomento.
Por esa puerta abierta volvieron a pasar Facebook, Twitter, Instagram, Messenger, Pedidos Ya, el navegador de internet y todo volvió a la normalidad, por lo menos hasta que lleguen las vacaciones.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Desierto verde


Las jarras o calderas eléctricas se robaron la mística del fogón, del chisperío subiendo hacia el cielo, del olor a humo y el tizne alrededor de la boca de aquella estufa enorme que era capaz de calentar a toda la “pionada” de una sola vez.
Un “plack” seco, sin gracia, y el cese del gorgojeo avisan que el agua ya está y como alguna vez hicieron para cebar sus mates aquellos casi gauchos con el termo de exterior de aluminio que resguardaba la preciada y frágil botella de vidrio, el solitario operario volcó dentro del recipiente de acero inoxidable -con garantía hasta el fin de la eternidad- el agua caliente para disolver la dosis justa de café soluble y stevia sintética.
Los recios hombres de barba espesa que en aquellos días fríos del invierno traían la caballada desde el corral y enfundados en los gruesos ponchos de lana salían quebrando la helada a recorrer el campo dejaron espacio al joven que hunde el dedo en el botón que activa en el tractor el aire acondicionado para salir -más avanzada la mañana- a preparar las hectáreas que en breve recibirán el grano y otras sustancias.
Las aves siguen cantando como en aquellos días que saludaban el paso de los jinetes, solo que dentro de la cabina suena -a un volumen que los vuelve imperceptible- la música que propone una radio española preprogramada que llega por internet para repetir canciones de moda apenas separadas por una invitación a suscribirse con la tarjeta de crédito y no tener que escuchar la voz humana sin el soporte de la combinación electrónica de sonidos armónicos randómicamente logrados.
Dentro de la cabina no hay nada que hacer. El sistema de navegación ya tiene el camino trazado y sigue los puntos determinados en el GPS. No hay que acelerar, no hay que hacer cambios, solo estar allí dentro, como un vigilante. El joven conductor ni siquiera se pregunta cuánto tiempo más será necesario que permanezca en aquella tibia jaula de acrílico que lo aísla del entorno y le permite concentrarse en la conversación que mantiene vía guasap con su novia en la ciudad. El sistema todo lo hace solo.
Con la invalorable ayuda de los perros los paisanos ya juntaron la tropa. En el fuego que encendieron hace rato se descuelgan las brasas dispuestas que los calientan a ellos, al agua para renovar el mate y a los pulpones asados que se trajeron para comer con el pan casero de doña Martha. En el cristálico recipiente un bip-bip avisa que el micro horno portátil ya terminó de calentar su refuerzo de salame y queso. El operario abre la heladera y saca una botella de medio litro de jugos químicos gasificados, supuestamente con sabor a limón. Almuerza sin necesidad de detener su tarea ni su música.
Cuando falta media hora para completarse su horario de trabajo el sistema operativo de la máquina le pregunta si es necesario realizar alguna hora extra o puede comenzar a desandar el camino hacia los galpones. Presiona la pantalla táctil sobre el espacio dispuesto para activar la segunda opción y enseguida activa el opacador de cabina para reducir la molestia del sol del atardecer golpeándole la cara.


 Los hombres se hacen pantalla con la mano que les queda libre y de las que le cuelga el rebenque. Los perros cansados acompañan la mansa marcha de los caballos y de vez en cuando salen a corretear alguna liebre que disfruta de las últimas luces del día, que vuelve a ponerse frío.
Llegan al galpón a la misma hora.
- ¿Qué pasó acá? Se incendió todo.-
El miedo invade al joven pulsador de botones que se encontró en el galpón un escenario posapocalíptico. Ya no son la paredes de blanco impoluto, no están las modernas computadoras ni los equipos de mantenimiento de las máquinas de sembrar y cosechar, ni los tarros de los compuestos que matan todo lo que no tiene que vivir. Está la estufa, el fogón, la caldera de lata, las ollas y los cucharones; en la pared cuelga una bolsa con galleta de campaña y más allá se amontonan los jergones y los frenos y las sillas de montar. Hay unas botellas de caña, un mazo de cartas y una bolsita con maíz para apuntar, y algunos catres y hay olor a gente, a personas extrañas y los perros, mugrientos, pulguientos, y caballos y unos hombres barbudos que lo sujetan mientras se desvanece.

Original publicado en Quinto Día de diario El Telégrafo - autor: Marco Rivero - foto: Andrés Franco.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El tiro final


Todavía mantenía el toque de precisión por el que se había distinguido siempre. No bien se interrumpió el contacto entre la punta de sus dedos y la esfera sintió la sensación que el proyectil iba en la dirección adecuada y a la velocidad pretendida. Ese era un gran tiro, un tiro de campeonato.
Ramón había enfrentado así su vida, cargado de convicción, rodeado del aura que envuelve a los ganadores, a los hechos para triunfar, y hoy, avanzado en su vida, la mantenía.
La dura bocha suspendida en el tiempo giraba en sentido opuesto a la dirección hacia la que avanzaba, pero lento, muy lento, iba casi quieta en el aire hacia el destino que tenía marcado, el que Ramón le había dado con ese sutil efecto que tenía casi como una marca registrada y el impacto se daba por descontado. Los puntos en casa y a festejar esa nueva copa en la vitrina de La Conciencia Bochas Club.
Mientras disfrutaba su momento de gloria Ramón recordaba lo bien que lo había hecho siempre, y no solo esto de las bochas, que era solo un entretenimiento. No, él era un triunfador de verdad. Solo faltó que la suerte lo ayudara un poco, pensó, mientras veía como el esférico seguía su marcha todavía ascendente, aún sin llegar a la mitad del trayecto.
No puede decirse que había nacido en cuna de oro, pero la situación de la familia no había sido nada mala. El negocio familiar proveía de todo lo necesario para la vida y hasta para darse unos cuantos gustos cuando se requería. Lo habían pasado mal en los 80 con "la tablita", cuando debieron afrontar las secuelas del crédito que habían tomado para ampliar el local y de paso hacer el mantenimiento en el apartamento en Pocitos que habían comprado cuando su hermano se fue a estudiar Medicina.

Imagen original Paralelo 32.
   Todavía a veces se preguntaba por qué él no había seguido sus pasos, si tenía todo para hacerlo, hasta tenía facilidad para los libros. Pero no, alguien tenía que hacerse cargo del negocio y fue él.
La rayada alcanzaba el cenit de su trayecto y seguía tal como Ramón había previsto, cortando el aire hacia el impacto ganador.
Luego de aquellos años la cosa se hizo bastante cuesta arriba. Los problemas financieros habían dejado secuelas en la salud de su padre y su madre había agravado su alcoholismo y su dependencia al juego al extremo de complicar las cuentas del establecimiento, cuya caja sufría demasiados embates, entre lo que se necesitaba para honrar la deuda, los medicamentos y el whisky, que además era de los importados. Su hermano prosiguió sus estudios a pesar de las dificultades, a pesar que tuvo que buscarse una pensión y alquilar el apartamento para poder mantenerse en carrera.
Ramón comenzó entonces a refugiarse en otras cosas que le distraían la mente, cosas que disfrutaba realmente, como este tiro que ya iba cuesta abajo hacia el deseado choque que valía más que un trofeo, que valía el reconocimiento de su entorno.
En los años '90 la cosa parecía bien perfilada, el consumo parecía despertarse y con él volvió el entusiasmo. El boliche tuvo un par de años de auge en el barrio y hasta se pensó en cambiar aquel Chevette que habían comprado cero kilómetro en la época de oro.
Al principio los otros dos almacenes que abrieron a menos de una cuadra parecían no afectar, ni los viejos clientes que hoy pasaban con las bolsitas del súper, hasta que vino el contrabando, la jubilación, que no alcanzaba para dejar de abrir cada mañana y la enfermedad. Todo se vino abajo de nuevo a comienzos de los 2000.
El impacto sonó apagado contra el piso. Pestaneó y la bola apenas rodaba. No le había pegado a nada. 

Original publicado en el suplemento Quinto Día de diario El Telégrafo. Autor: Marco Rivero.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Mate, espera, el orden inalterable de las cosas y su relatividad


- ¡Hasta que haga ruidito!
El muchacho acató el reto de su ocasional acompañante y volvió a sorber a través de la bombilla hasta los últimos vestigios de agua que quedaban en aquel mate.
- Y ya te dije que no es palanca de cambios, que la bombilla tiene que quedar quieta.
Él asintió con la cabeza mientras le devolvía la cuya, prolijamente forrada en cuero rosado coronada por una boquilla de plata y a través de la cual asomaba una extensa bombilla curvada del mismo metal noble, estilo camionero.
- Ya derrumbaste toda la montañita- observó mientras procedía restablecer el orden interno en el recipiente.
- No aparece más este 427. ¿No querés pedir un Uber?- el comentario de la mujer fue asimilado como un gesto de acercamiento por el muchacho. Ambos sonrieron a la par, sabedores que ni en la cartera de la dama ni en el bolsillo del caballero existía la posibilidad de convocar un auto de alquiler y menos de hacer frente al elevado costo que supondría el trayecto hasta el extremo opuesto de la ciudad.
Además de ellos en la parada una pareja de señores grandes jugaba con una tablet Ibirapitá, aprovechando el Wi-Fi. Un poco más atrás, sentada en un muro una madre había malabares para contener a sus cuatro hijos entretenidos mientras el transporte seguía demorando su llegada.
Desde el tope del termo -también forrado en cuero rosado- un chorro de agua inundó la cavidad hasta el borde de la reconstituida montañita de yerba. Con gesto ostentoso la mujer elevó el mate y sorbió hasta que el sonido dio cuenta del fin del líquido.
-¿Ves?- Demostró a su compañero de espera.
Otro chorro, el mate que va, él retira rápidamente el líquido cuidando de no mover siquiera un milímetro el tubo metálico y el ruido que avisa que ya no hay nada qué sacar.

  -¡Muy bien! Vamos aprendiendo- celebró sarcásticamente la cebadora.
- Pssst, psst, oiga, ¿nos hace una selfie?
El llamado era de la pareja de veteranos que pretendía retratarse.
-No, imposible, si es una selfie se la tienen que hacer ustedes mismos. Selfie viene del inglés self, que es “por uno mismo”- explicó la mujer del mate.
- Muchacho, ¿usted se anima?-
Asintió con la cabeza, tomó la tablet y los retrató.
- Gracias, la vamos a subir a Instagram-
Regresó a su lugar y le avisó a la cebadora que ya era tiempo que viniera otro mate.
- Primero tomo uno yo. Además, ¿por qué les sacaste una foto? ¿No ves que te pidieron una selfie?, una selfie es cuando se la saca uno mismo. Tenían que haber pedido una foto y yo misma les sacaba. Porque sino la gente no aprende, no aprende más.- le dijo mientras cebaba.
Él disfrutó del instante de silencio que se produjo, súbitamente interrumpido por el aviso del agotamiento del agua del fondo, que ya empezaba a caerle molesto. Ella le pasó otro mate.
El más grande de los niños de la otra mujer se acercó con las manos en la espalda.
- Señora, dice mi madre si usted sabe si el ómnibus demorará mucho…-
Ella giró el cuerpo y la cabeza. La madre tenía en sus brazos el bebé y con una pierna trataba de separar una pelea entre los del medio, de unos 4 o 5 años, un varón y una nena, quizás mellizos.
- ¿Me viste cara de GPS, gorda? No tengo ni idea, yo también estoy podrida de esperar-
El mate se hizo más largo, lo tomó con paciencia, meditando, invocando aquellos ancianos guaraníes que lideraban la ronda en la que compartían con sus hermanos la bebida a la que atribuían propiedades energéticas y espirituales. Los invocó como pidiendo un consejo y por un instante su mente se despegó de su cuerpo y flotó, hasta que el molesto ruido le avisó que no había más agua.
- ¿Ves? De nuevo estás moviendo toda la bombilla.
Sin más palabras, y ante la incrédula mirada de los niños, la madre y los ancianos, se levantó de repente, lanzó el mate por los aires directamente hacia el cantero central y empezó a caminar por avenida Italia hacia el oeste, escuchando por algunas cuadras los insultos correspondientes. 

Versión original publicada en Quinto Día de El Telégrafo. Autor: Marco Rivero.

Muros en avenidas internacionales blindarán la frontera entre Brasil y Uruguay para evitar migración “vermelha” desde Cuba y Venezuela

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